Pecadores

“Odia al pecado, ama al pecador”. Este viejo principio de los antiguos padres de la Iglesia, profundamente enraizado en el evangelio de Jesús, resulta fácil decirlo… hasta que uno se sienta gravemente ofendido por alguien. Entonces resulta más difícil decirlo y muchísimo más sentirlo.
San Francisco de Asís -que no necesita presentación porque es bien conocido- tuvo actitudes de perdón muy similares a las del propio Jesús. Y quería además que los frailes, sus hermanos, se mostraran sumamente generosos en el perdón. Especialmente los superiores, a quienes Francisco llama ministros provinciales, custodios y guardianes, en orden descendente de jerarquía (o, mejor, de servicio fraterno, para expresar el sentido auténtico del espíritu franciscano). Al respecto, existe una famosa Carta a un Ministro, en la que el Poverello de Asís recomienda la máxima misericordia para quienes pecan gravemente.
No se pierda lo que sigue:
“Y en esto quiero conocer que amas al Señor -y me amas a mí, siervo suyo y tuyo- si procedes así: Que no haya en el mundo hermano que, por mucho que hubiere pecado, se aleje jamás de ti después de haber contemplado tus ojos sin haber obtenido tu misericordia, si es que la busca. Y si no busca misericordia, pregúntale tú si la quiere. Y si mil veces volviere a pecar ante tus propios ojos, ámale más que a mí, para atraerlo al Señor, y compadécete siempre de los tales. Y, cuando puedas, comunícate a los guardianes que por tu parte estás resuelto a comportarte así.
Por lo demás, de todos aquellos capítulos de la Regla que hablan de pecados mortales, con la ayuda de Dios y el consejo de los hermanos, haremos uno solo de este género en el capítulo (asamblea general) de Pentecostés: si alguno de los hermanos, por instigación del enemigo, peca mortalmente, esté obligado, por obediencia, a recurrir a su guardián.
Y ninguno de los hermanos que sepa que ha pecado lo abochorne ni lo critique, sino tenga para con él gran misericordia y mantenga muy en secreto el pecado de su hermano, porque no son los sanos los que necesitan del médico, sino los enfermos…”.
¿Qué tal si lo aplicamos también en familia?

¡Hasta mañana!

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