Turismo y fe

Cuando uno pregunta a los que viven en zonas de intenso turismo cómo viven las avalanchas de visitantes, la respuesta suele ser más o menos esta: nos gusta que vengan, porque dejan buenos ingresos; pero añoramos la tranquilidad que tenemos cuando ellos no están.
Desde hace muchas décadas, la Iglesia ha procurado orientar el turismo hacia formas profundamente humanas, incluyendo en ellas el valor incuestionable de la fe. Tarea nada fácil, dado que el ambiente del turismo no está rodeado frecuentemente con tales valores.
A propósito, me gustaría compartir un viejo texto de Juan Pablo ll, dirigido al primer Congreso Mundial sobre la Pastoral del Turismo, celebrado en Roma:
“Ciertamente, el turismo es una realidad compleja, sometida a numerosas fuerzas e influencias, económicas o de otro tipo, difíciles de captar en su totalidad. Pero los cristianos no podrían renunciar ni abstenerse ante esa realidad humana, que cada vez toma mayores dimensiones.
No tienen por qué desconfiar a priori, pues tal realidad comporta, en sus fines, auténticos valores, ocasiones para un necesario descanso, para el enriquecimiento de la propia cultura, para la contemplación y el progreso espiritual, sobre todo cuando se trata de peregrinaciones.
Tampoco pueden ignorar los riesgos de una deshumanización por parte de los turistas o de los países que los reciben, en razón del modo en que a veces se practica el turismo. Este, como toda realidad humana, es una realidad de gracia y de pecado. Es necesario ayudar a nuestros contemporáneos a sacar de él el mayor provecho posible; es necesario educarlos en el tiempo libre, que cada vez será una parte importante de su vida, es necesario hacer visible en él el testimonio de la fe, es necesario hacer de él un espacio apto para la evangelización; y esto exige, evidentemente, esfuerzos concertados por parte de los diversos miembros de las comunidades cristianas, sacerdotes, religiosos, laicos. Les doy las gracias en nombre de la Iglesia por el esfuerzo que realizan por iluminarlos y estimularlos”.

 

¡Hasta mañana!

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