Un corazón que ve y siente

Ojalá podamos sentirnos ciudadanos del mundo, con lo que esto supone de ética moral y de convivencia armónica, a través de la naturaleza de la que formamos parte y por la que somos el todo. Esa universalidad que nos merecemos hay que ponerla en práctica. Hoy muchas comunidades aún se hallan por debajo de la mayoría de los indicadores sociales y económicos de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. ¿Hasta cuándo? Está visto que nos falta amor y nos sobra adulación. Lo escribió, en verso, el mismo Pablo Neruda: “es tan corto el amor y tan largo el olvido”. Por omisión, cuántas cosas necesarias dejan de hacerse, que no es menos reprochable que la comisión del mal.
En todo caso, la apuesta del amor en un mundo tan desencantado, con tantos desengaños en los vínculos del compromiso, con tantas acepciones comerciales cínicas, donde nadie se ocupa ni preocupa por el otro, debe hacernos repensar sobre el alcance del término. El amor no entiende de medias tintas y menos de tintes que no son transparentes. Mi prójimo es cualquier ciudadano que me requiera y yo pueda auxiliarle. Cuando esto se produce, ahí nace el amor en su pureza, el auténtico amor, que es gratuito y servicial siempre. Sin embargo, nos hemos acostumbrado a que los pudientes de este mundo suelan acoger una posición de superioridad en lugar de donación, que es lo que verdaderamente nos hace humanitarios. Algo fundamental para cualquier proceso en construcción que ponga en primer lugar el desarrollo orientado hacia la satisfacción de las necesidades humanas globales y la conservación de la naturaleza. De ahí la necesidad de transitar por caminos abiertos, con un corazón que ve y siente; y que, por ende, actúa en consecuencia. Al fin y al cabo, el amor todo lo vence y convence. Tanto es así, que nuestra alma no tiene edad para aprender a amar, el aprendizaje es un perseverante deber, lo que nos exige ser compasivo, puesto que el amor compadece, -como decía Unamuno- , “y compadece más cuanto más ama”. Además, es buena señal de que así sea, al menos para lograr más reconciliaciones.

Víctor Corcoba Herrero