Una encuesta reciente realizada por una consultora porteña, pero con alcance a todo el país, mostró que el humor social de los argentinos se ubica en niveles mínimos históricos, con un 85% de los consultados que manifestó su desconfianza en los políticos y apenas un 16% que expresó que mantiene «sentimientos positivos» hacia la dirigencia, lo que se traduce en una expectativa favorable sobre el futuro de la Argentina.
Estas cifras no son absolutas ni definitivas, como todo sondeo, tienen la particularidad de la relatividad, representan una radiografía del momento y de un sector determinado. Puede que en otros espacios sociales anide un clima distinto, acaso mejor que el que refleja la presente encuesta, aunque la experiencia indica que pocas veces las investigaciones de consultoría distorsionan gravemente la realidad. Y no hace falta profundizar mucho para advertir el agotamiento de la simpatía social con la clase dirigente, de todos los espacios políticos.
Problemas como la inflación, la inestabilidad laboral o la falta de un plan que permita apuntalar un crecimiento sostenido de la economía, la inseguridad y la pandemia son algunos de los tópicos que preocupan a la población y que se traducen en descontento con los dirigentes, sean estos oficialistas u opositores. Si bien la opinión del sondeo se basó en la situación nacional, panoramas similares se observan en las provincias y en los departamentos del interior del país.
La Argentina está en un punto de inflexión y la política, que es responsable de este cuadro de situación, tiene que mostrar responsabilidad para timonear hacia la salida. Claro que para ello serán quienes encarnan los puestos de decisión –y no la política como actividad– quienes deberán estar a la altura de las circunstancias, tratando de encontrar las soluciones al escollo, sin volver a caer en fanatismos y/o enfrentamientos que lo único que hacen es reavivar la grieta. Esa misma grieta que cada día amenaza más con devorarnos a todos.





