Paradójicamente, en un país gobernado por “La Libertad” que avanzó y donde el grito de guerra del mileísmo es “Viva la Libertad, carajo”, está en peligro la libertad de expresión.
Es extraño, o no tanto, que el dirigente que se autotitula el máximo referente mundial de la libertad no tolere que otros hagan uso de la libertad de opinar. Para los libertarios, el disenso es causal de cancelación. Hay un ejército de operadores que se mueven en las redes sociales para hacer «justicia» en un procedimiento sumario, que no tiene indagatoria, testimonial ni apelación. No hay fiscales ni jurados, solamente verdugos. Es un aparato represivo que ejecuta -por ahora y solo por ahora- desde la virtualidad.
El pilar de estas hordas es el sesgo ideológico: todo lo opuesto es un enemigo. Y para el enemigo sólo hay escarmiento. Así se ha instalado un clima de violencia que, por el momento, no escala porque es unidireccional. El día que haya reacción en el mismo lenguaje o acción, Argentina habrá entrado en un túnel que lleva a las profundidades de la oscuridad violenta.
Recientemente, se conoció un duro informe difundido por la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (Adepa) donde se sostiene: «La propensión del presidente de la Nación al agravio a periodistas y medios de comunicación perturba el debate democrático. Se contabilizan más de cincuenta periodistas y medios que han sufrido, en los últimos dos meses, imputaciones infundadas y descalificaciones estigmatizantes».
Adepa recordó que en 2010 había indicado que «el lenguaje es la principal herramienta de articulación social. Su degradación, a través del estilo provocador y ofensivo de los funcionarios públicos, deteriora la cohesión de la ciudadanía. Corresponde reiterarlo hoy».
¿Escuchará esto el grupo libertario o ya habrá liquidado la verdadera libertad?




