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Más y más odio

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En 2005, en una nota publicada por el diario español El País, el médico barcelonés Albert Jovell se mostraba preocupado porque, a pesar de ser considerada una enfermedad social grave, el odio no recibía su consideración como problema de salud pública. Jovell explicaba entonces que no existían investigaciones sanitarias sobre la prevención, el diagnóstico y el tratamiento del odio pero que una parte importante de las noticias polémicas y hasta trágicas tenían que ver con el odio y sus consecuencias.
En aquella publicación, el médico catalán consideraba que “el sujeto que odia persigue, en pensamiento o acción, la destrucción del sujeto u objeto en el que proyecta su odio. Cualquier estrategia orientada a esa destrucción, incluida la mentira, le es válida al que odia, tanto que suele acabar creyéndosela como argumento para ganar adeptos y justificar pensamientos y acciones violentas. El odio es un sentimiento irracional que anida en un sujeto excesivamente poseído y convencido por su razón y su visión de las cosas”.
Por su parte, en 2016, el también español Manuel Arias Maldonado publicó “La democracia sentimental” donde explica cómo los partidos políticos explotan el lado emocional de la ciudadanía, y cómo las redes sociales llevan esta emocionalidad a unos niveles tales que hacen que la argumentación razonada sea mínima y, por tanto, se caiga en una superficialidad que actúa en detrimento de la verdadera democracia. Esa pérdida de conciencia es sobre uno mismo y sobre el otro da paso a comportamientos impulsivos que en otras condiciones suelen inhibirse y que, especialmente, llevan a perder la consideración de los demás. Los actuales tiempos argentinos y el ambiente que puede respirarse en los más diversos ámbitos de la realidad nacional demuestran que la visión de Jovell tiene en esta parte del mundo un ejemplo claro y preocupante. El odio hacia el diferente nos ha invadido y sus pavorosas ponzoñas nos envenenan cada día. Y en momentos en que lo que se requiere casi obligatoriamente son consensos y reconstrucción para salir de la acuciante coyuntura, la odiosa división no aporta nada bueno. Pará colmo de males, la clase gobernante es la primera en echar mano a esta práctica.

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