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La soprano asesina: jamás pisó un escenario, mató, descuartizó, se quedó con mucho dinero y nunca fue presa

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El rumor lento de un pueblo recostado sobre el río Rin, con casas bajas y de tejas oscuras, un par de cafés que cierran temprano, un taller mecánico, la panadería que huele a manteca desde la madrugada y, al otro lado, el verde húmedo que anuncia las marismas del Taubergiesen donde la niebla se queda colgada entre los juncos, y los botes de paseo cortan una cinta de agua quieta. Así es el pueblo de Kappel-Grafenhausen, a 40 kilómetros al norte de Friburgo, Alemania, una comunidad donde todos se conocen de vista.

Allí vivía Hermann Hils, hombre de manos grandes y espalda ancha, duro de gesto, un pescador que hizo su vida en un criadero de truchas junto a su casa. También llevaba a pasear a los turistas por los canales del humedal.

No era un tipo de ostentar, al contrario. Los vecinos abrieron los ojos cuando se enteraron que, a fuerza de ahorrar con el criadero y con los paseos más las ganancias que le daban dos casas que alquilaba, Hermann había reunido un patrimonio envidiable. En la zona, causó asombro cuando se supo de este millonario improbable. Al principio era un chisme, un murmullo en la fila de la carnicería o en la mesa del café, luego comenzó a ser observado con más atención.

La dama de vestidos llamativos

Un Jeep verde lo traía desde la estación acompañado de una dama, y todos los miraban pasar entre fachadas prolijas y jardines. Esa mujer con vestidos llamativos en un entorno de camperas de trabajo y delantales azules desentonaba lo suficiente como para que los ojos la siguieran un rato más de lo normal. Ella misma se encargaba de que la notaran. Contaba que era cantante lírica, que viajaba, que tenía un mundo más ancho que el de esas calles, pero nadie la había escuchado en un escenario y, sin embargo, la apariencia de artista quedó pegada a su nombre.

Hermann Hils tenía más de 70 años cuando conoció a Waltraud Gruseck.
Hermann Hils tenía más de 70 años cuando conoció a Waltraud Gruseck.

La dama se instaló en la casa de Hermann, que tenía un sótano de cemento, la sala con estufa y el jardín. Pero pronto comenzaron pequeñas reformas, ruido de martillo, bolsas de mezcla, un ir y venir que a veces se notaba incluso desde la vereda. El toque de la mujer, pensaron muchos. Por el momento, la intriga de los vecinos pasaba por otro lado: cómo había sido posible esa unión entre un hombre mayor, rudo, y una mujer más joven, de maneras teatrales, una rareza que daba tema de conversación.

La economía de Hermann seguía funcionando con su prolijidad de siempre, el criadero, los alquileres, los paseos, ingresos modestos que, sumados, explicaban una vida tranquila y un ahorro paciente.

La primera pista

Ese contraste entre la sobriedad de la aldea y la pequeña opereta personal que esa dama montaba todos los días empezó a hacer ruido. No está de más volver a marcas las diferencias: Hermann Hils era un hombre de campo y de río. Tenía las manos ásperas de tanto trabajar con redes y maderas húmedas, el andar algo encorvado y un gesto severo que escondía, sin embargo, cierta timidez. No era un conversador brillante. Su casa, de dos plantas, era ordenada, casi austera. Pero había algo en él que lo volvía vulnerable: la necesidad de compañía y por ese hueco se abrió camino aquella dama, llamada Waltraud Gruseck.

Ella era lo contrario: extrovertida, teatral, llena de gestos ampulosos que parecían diseñados para que todos los vieran. Se presentaba como soprano, hablaba de un mundo artístico al que decía pertenecer, aunque nadie en el pueblo podía confirmar que alguna vez hubiera cantado en un teatro real. Nadie en todo el país.

De su vida anterior no se supo casi nada. Fue verdulera; dirigió un centro de masajes en la ciudad de Friburgo hasta 2003; ocasionalmente usaba alias, por ejemplo se refería a sí misma como “Kreszentia Labouche” o “Anna” aunque no hay constancia que haya usado estos apodos con Hermann; era deudora empedernida y fabuladoras con talento. Usaba anteojos de diva, pelucas, vestidos poco comunes en un lugar donde lo usual eran faldas discretas y abrigos prácticos. Era mujer de relatos, de historias sobre viajes y escenarios, aunque esas historias nunca coincidían del todo. La envolvía en esa aura de artista caída en desgracia, de diva que se refugia en un pueblo que no la merece. Había en ella algo magnético y a la vez inquietante.

Él, más de 70; ella, alrededor de 50

Hermann Hils conoció a Waltraud Gruseck cuando ella ya rondaba los cincuenta. Él tenía más de setenta, era viudo y llevaba la soledad como una carga pesada. Ella apareció en su vida con la fuerza de lo inesperado. Para Hermann, que apenas había salido de la rutina de su criadero y del pequeño pueblo, esa mujer era fascinación y promesa de otra vida.

Waltraud se instaló en la casa de Hermann como si fuera suyo todo lo que la rodeaba: el río, los peces, el sótano, los jardines… Empezó a presentarse como su esposa, aunque nunca hubo ceremonia. Era muy mandona, excéntrica, con ambición visible a cada paso.

El dinero fue el núcleo silencioso de la relación. Hermann tenía propiedades, rentas, un capital ahorrado. Waltraud, en cambio, vivía con deudas y fantasías. Entre discusiones domésticas y reclamos por dinero, la tensión estalló. Nadie en el pueblo escuchó un grito esa noche, pero los días siguientes lo dijeron todo: Hermann desapareció. ¿Cuándo? Nadie lo recordó con precisión. Corría octubre de 2009 cuando lo dejaron de ver.

Waltraud aseguró que él se había marchado de viaje, que estaba ocupado, que ya volvería. Lo decía con la misma teatralidad con que hablaba de óperas y escenarios, pero las excusas empezaron a sonar forzadas. Pasaban las semanas…

La verdad estaba bajo tierra, en la propia casa

Waltraud había asesinado a Hermann y ocultado su cadáver en el sótano. Lo cubrió con cemento fresco, en un intento torpe de borrar su existencia. ¿Quién la ayudó? Los obreros del pueblo recordaban haber visto bolsas de mezcla y ruidos de obra en horas extrañas, pero nadie sospechó entonces.

El crimen tuvo algo de grotesco y desesperado. Ella simplemente lo enterró bajo su propia casa, convencida de que con excusas bastaría para sostener la farsa. Y durante un tiempo funcionó, pero los rumores fueron creciendo: la ausencia de ese hombre, tan visible en la rutina del pueblo, era demasiado evidente.

Fuente: TN

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