En medio de la tormenta, cuando el agua corre con fuerza y todo parece apurado, una historia chiquita se robó el corazón de muchos: una vecina (y su pareja) encontraron una zarigüeya —también conocida como comadreja— en una acequia, muy frágil, sin fuerzas para salir sola.
“Mi pareja la encontró en la acequia, muy débil. La alimentamos y la pusimos en un lugar cálido”, contaron. Y ahí empezó el operativo rescate, simple y casero, pero con algo clave: empatía.
La bautizaron con un nombre que ya es parte del encanto de esta historia: Cuca. Y aunque la tentación de “adoptarla” podía aparecer, fueron claros desde el inicio: no querían convertirla en mascota.

“Llamamos a fundaciones pero ninguna respondió, y no queríamos darla como mascota ya que es un animalito silvestre y merece estar libre”, explicaron.
Mientras tanto, la cuidaron hasta verla mejor: recuperó energía, empezó a comer sola y a moverse con más soltura. Señal de que el rescate había funcionado.
LA DECISIÓN: LIBERTAD, PERO EN UN LUGAR SEGURO
Con Cuca ya repuesta, llegó el momento más importante: volver a soltarla, pero con criterio. “Se escapaba y como el barrio es muy peligroso no quería que los niños la lastimen (andan con gomeras)”, relató la vecina, marcando una realidad que muchas veces se repite con la fauna silvestre en zonas urbanas.
Por eso eligieron un destino mejor: una finca, con condiciones ideales para que pueda sobrevivir.
“En la finca donde la soltamos tiene muchos árboles frutales y ella come y se trepa bien”, contaron, como quien se queda tranquilo después de hacer lo correcto.
Cuca volvió a lo suyo: ser libre, trepar, esconderse, buscar comida, moverse sin miedo. Y la historia dejó una idea simple pero poderosa: a veces, con un gesto mínimo, se puede hacer mucho, porque en plena tormenta, mientras muchos miraban el cielo, alguien miró una acequia… y eligió cuidar.







