En las periferias intelectuales del capitalismo tecnológico global viene madurando, desde hace más de una década, un corpus doctrinario tan sofisticado como peligroso, cuyas terminales empiezan a vislumbrarse con alarmante nitidez en la actual experiencia política local. Se trata de la denominada «ilustración oscura» (o Dark Enlightenment), un movimiento filosófico neo-reaccionario que tiene en el ensayista y programador informático estadounidense Curtis Yarvin —conocido originalmente bajo el seudónimo de Mencius Moldbug— a su principal arquitecto ideológico, y en el filósofo Nick Land a su aceleracionista metafísico.
La tesis central de Yarvin y sus acólitos es de una radicalidad que estremece: la democracia liberal ha fracasado de manera irreversible, la igualdad es un mito biológico y el orden social debe ser reorganizado bajo el modelo de una corporación privada gobernada por un director ejecutivo autocrático e hiperracional. Para esta corriente, el Estado no debe ser democratizado ni descentralizado; debe ser privatizado y entregado al mando absoluto de una tecnocracia soberana.
Para la ilustración oscura, la democracia no es un valor a defender, sino una ineficiencia burocrática —la «Catedral»— que debe ser demolida por un monarca tecnológico.
Esta corriente no oculta su desprecio por las instituciones tradicionales, el parlamentarismo y las redes de contención social, a las que acusan de ralentizar el progreso y consagrar la decadencia colectiva. En la visión de Yarvin, la libertad económica absoluta es incompatible con la soberanía popular; por lo tanto, la soberanía debe ser confiscada por el poder central para garantizar el orden de los mercados. Es el retorno explícito del absolutismo monárquico del siglo XVIII, pero despojado de toda fisonomía humanista y revestido con los ropajes de la inteligencia artificial, el software libre de restricciones morales y el determinismo tecnológico.
Gobernar mediante decretos inconsultos, el desprecio sistemático por el consenso legislativo, la desregulación total que deja desprotegidas a las minorías y la entronización del mercado como el único dios ordenador, es la fase práctica de este absolutismo de laboratorio.
Cualquier parecido con la actualidad argentina no es mera coincidencia…







