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Milei, cada vez más lejos de “farmear aura”

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La distancia entre la construcción de la narrativa oficial y el impacto real de la política económica atraviesa un punto de inflexión en la Argentina. En el ecosistema digital se ha popularizado por estos días la expresión «farmear aura» para referirse a la acumulación deliberada de imagen, capital simbólico y mística a través de gestos virales, la escenificación de la confrontación y la proyección de una invulnerabilidad artificial. Sin embargo, cuando los problemas de gobernabilidad se profundizan y la cotidianidad de las familias se vuelve apremiante, el efectismo en las redes pierde toda eficacia. El gobierno de Javier Milei parece haber agotado esa capacidad de sostener un prestigio puramente estético frente a una sociedad golpeada por la recesión. La pirotecnia discursiva cede inexorablemente ante la falta de respuestas materiales.

Esta sobreexposición del relato y sus severos límites institucionales fueron sido analizados ayer con agudeza por tres miradas de peso en el diario La Nación, a cuyos autores de ningún modo se los podría calificar de “kukas”, como le gusta a Milei y sus seguidores respecto de sus críticos. Desde el análisis político de fondo, Joaquín Morales Solá advierte que «el Presidente suele confundir la popularidad en el terreno digital con la sustentabilidad de la gobernabilidad real», remarcando que el aislamiento presidencial y el choque constante con los demás poderes minan la estabilidad necesaria para el desarrollo. En el plano microeconómico, Martín Rodríguez Yebra pone el foco en la fractura social al señalar que «hay una distancia ostensible entre las planillas técnicas del Ministerio de Economía y el ahogo cotidiano que sufren las pymes, el comercio y las familias por la caída del consumo». Por su parte, la perspectiva sociocultural de Jorge Fernández Díaz cuestiona la confrontación diaria como dogma, expresando que «el ejercicio de la agresión verbal sistemática y la construcción de un enemigo diario no son muestras de fortaleza, sino de una fragilidad institucional que termina erosionando al propio oficialismo».

Estas tres visiones convergen en una conclusión ineludible: el capital simbólico acumulado en la virtualidad se evapora rápidamente ante las exigencias de la gestión real. En la escala local, esta dicotomía entre la épica del discurso y la dureza del entorno adquiere un dramatismo insoslayable. En los comercios, en los productores agrícolas golpeados por los costos operativos y las decisiones gubernamentales provinciales, y en las familias que hacen malabares para afrontar el costo de vida, las discusiones sobre la estética del poder carecen de sentido. La legitimidad de una administración no se liquida ni se consolida en las plataformas digitales, sino en la capacidad concreta de resguardar el tejido social y la economía de la comunidad. Y ahí, quizás, esté un punto insoslayable a la hora de analizar el escenario electoral del inquietante 2027.

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