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El hijo de una gloria del ciclismo sanrafaelino que encontró su lugar en los Pirineos

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Gustavo Rodríguez se fue a España con 23 años pensando en regresar al poco tiempo y ya lleva casi 19 años allí. Hijo de Miguel Ángel “Coneja” Rodríguez, creció entre bicicletas y carreras, pero eligió los deportes de aventura. Hoy vive muy cerca de algunos de los escenarios más emblemáticos del ciclismo europeo y asegura que San Rafael sigue siendo su destino preferido.

Hubo una época en la que el ciclismo era parte inseparable de los domingos sanrafaelinos. Las carreras convocaban público, los clubes organizaban competencias y nombres como el de Miguel Ángel “Coneja” Rodríguez quedaron grabados en la memoria de quienes disfrutaron de aquellos años. Reconocido especialmente por su velocidad y capacidad para definir al sprint, su historia deportiva también marcó la infancia de su hijo Gustavo Rodríguez.

Sin embargo, Gustavo tomó otro camino. No se convirtió en ciclista, emigró a España con apenas 23 años y encontró en los deportes de aventura una pasión propia. Curiosamente, terminó viviendo en pleno Pirineo, muy cerca de algunos de los caminos por los que transitan la Vuelta a España y el Tour de Francia.

Desde España, Rodríguez conversó con Diario San Rafael y FM Vos (94.5) y recordó la figura de su padre, su partida del país y una vida que inicialmente imaginaba lejos de Argentina durante apenas 1 o 2 años, pero que ya se acerca a las 2 décadas.

Una de las primeras historias que surgieron fue la del particular apodo de su padre. Gustavo reconoció que ni siquiera dentro de la familia tienen certeza absoluta sobre cómo nació “Coneja”, aunque con el tiempo elaboraron una posible explicación.

“Para mí siempre fue un misterio, pero me imagino porque a mi viejo se le ponían un poco los ojos colorados. Yo también, a mí también me suele pasar a veces por el aire o por la transpiración o cuando hacés deporte o un día de cansancio”, contó.

Desde España, Rodríguez conversó con Diario San Rafael y FM Vos (94.5) y recordó la figura de su padre, su partida del país y una vida que inicialmente imaginaba lejos de Argentina

La otra característica que podría haber contribuido al sobrenombre era precisamente aquello que distinguía a Miguel Ángel Rodríguez sobre la bicicleta. “Mi viejo era corredor de bicicleta y siempre él resaltaba en la parte de velocidad o en el sprint. Yo creo que viene por ahí porque era el más rápido, era un tipo inteligente para eso, era rápido y como se le ponían los ojos rojos, como las conejas, porque ni siquiera es Conejo, es Coneja”, relató.

De todos modos, aclaró que se trata de una explicación familiar y no de una certeza. “Soy sincero, es un misterio, pero muchas veces lo he hablado o hemos disfrutado de esta charla y llegamos a esa conclusión, pero la verdad es que nunca supimos cómo nació”.

Lo que sí sabe perfectamente es lo que significaba llevar ese apellido y ser reconocido como su hijo. “Era súper importante decir: ‘Soy el hijo del Coneja’. En San Rafael, donde yo fuera, era el hijo del Coneja y me conocían”, recordó.

Su padre no solamente había ganado reconocimiento por el ciclismo. Después de su etapa deportiva trabajó como plomero, otra actividad por la que llegó a ser conocido por una gran cantidad de sanrafaelinos.

Gustavo Rodríguez dejó San Rafael a fines de 2007, cuando tenía 23 años. Antes de emigrar había desarrollado distintas experiencias laborales en bodegas de la zona.

“Había trabajado en Garbín, gracias a mi padre entré en Garbín, estaba muy bien, pero cuando fue el corralito, Garbín tuvo problemas económicos, nos echaron a la mayoría. Pasé por Bianchi, en Bianchi también hubo ahí unos problemas económicos, obviamente la época no era muy buena”, recordó.

Posteriormente trabajó en Balbi y comenzó a plantearse seriamente la posibilidad de buscar una oportunidad fuera del país.

“En Balbi un día dije: ‘¿Cuánto queda para que Argentina se ponga fuerte? Digo, 20, 30, 40 años. Me voy’. En principio pensé en Estados Unidos, no tenía ni idea de nada”, relató.

Finalmente descartó aquella posibilidad y miró hacia Europa. “Digo, bueno, me voy a España, la misma cultura, el mismo idioma. Y nada, me vine sin nada”, señaló.

Un conocido con quien había jugado al fútbol en San Rafael fue su primer contacto. Así llegó a Biescas, una pequeña localidad de la provincia de Huesca, ubicada en los Pirineos y a unos 20 kilómetros de Francia.

Su plan estaba lejos de ser definitivo. “En realidad vine por uno o dos años, porque era la idea, venir, ver qué había afuera, probar y volver a la casa de mis padres, como toda mi vida tenía armada”, explicó.

El regreso definitivo nunca llegó. Actualmente tiene 42 años y está próximo a cumplir 19 años viviendo en España. Aun así, el vínculo con su ciudad permanece intacto y regresa prácticamente todos los años.

“San Rafael es mi destino preferido. Es más, ahora yo en noviembre regreso allá a San Rafael, todo el mes”, adelantó.

Incluso después de tantos años en Europa y con múltiples posibilidades para viajar, su elección continúa siendo la misma. “Mirá que podría ir a lugares por todos lados, pero siempre prefiero volver a San Rafael, es algo que lo tengo en el corazón”, expresó.

Rodríguez trabaja actualmente en tareas de mantenimiento y también como mozo en un bar-restaurante. Vive en una localidad de alrededor de 900 habitantes que recibe una importante cantidad de turistas y está especialmente vinculada con las actividades de montaña.

A la hora de explicarle a un sanrafaelino cómo es el lugar, encontró una comparación imposible de separar de sus propios paisajes de origen: “Yo siempre dije, Biescas es como si unís el Valle Grande, Las Leñas y El Nihuil, lo unís todo y te sale ese lugar”.

Según describió, la zona reúne montañas, ríos, lagos y múltiples alternativas para quienes practican deportes al aire libre. “Tiene el encanto del Valle Grande, el río, las montañas, los deportes que podés hacer en el valle”, explicó.

Durante el invierno, además, la cercanía con la nieve transforma completamente el paisaje. A unos 10 minutos se encuentra Formigal, uno de los principales complejos de esquí de España.

El sitio tiene además una conexión inevitable con el ciclismo. Formigal ha recibido etapas de la Vuelta a España y Gustavo ha podido observar el paso de la competencia prácticamente frente a su casa en distintas ediciones.

“Tengo mucha suerte porque la Vuelta a España ha pasado muchas veces por Biescas, por la puerta de mi casa”, contó.

La frontera francesa se encuentra a pocos kilómetros y también está cerca de escenarios históricos del Tour de Francia. “Estoy a 20 kilómetros de Francia y estoy súper cerca del Tourmalet y todos estos lugares que son súper icónicos en el Tour de Francia”, señaló.

La circunstancia tiene algo de círculo perfecto: el hijo del “Coneja” Rodríguez, que decidió no continuar la tradición ciclista familiar, terminó instalándose en uno de los territorios europeos donde la bicicleta forma parte de la identidad deportiva y cultural.

La oveja negra

El ciclismo atravesó prácticamente a toda la familia Rodríguez. Gustavo mencionó a hermanos, primos, sobrinos y otros familiares que estuvieron o continúan relacionados con la bicicleta.

“Aunque yo no me dediqué nunca al ciclismo, fui el único Rodríguez, creo yo, porque mi hermano, mi primo, mi sobrino, bueno, todos los Rodríguez”, comentó. “Yo salí la oveja negra”, resumió entre risas.

Pero su alejamiento del ciclismo competitivo no significó alejarse del deporte. Desde adolescente comenzó a sentirse atraído por el senderismo y por recorridos que demandaban largas horas de esfuerzo.

“Me he ido caminando desde San Rafael hasta El Nihuil, salir a la Vuelta a la Herradura, después por todo el Cañón, todo eso caminando”, recordó.

En algunas de esas aventuras todavía estaba presente su padre. “Una de las últimas veces que la hice, mi padre estaba en vida, y él nos fue a socorrer por si acaso, siempre estaba presente”, destacó.

Ya instalado en España, encontró un escenario ideal para profundizar esa afición. Allí conoció personas vinculadas con la escalada y el barranquismo, disciplina que terminó atrapándolo especialmente.

“El barranquismo me encantó, es como si descendés cañones con agua, como si te metés al Cañón del Atuel, todas esas formaciones que tienen, pero con agua”, explicó.

La actividad requiere conocimientos técnicos, utilización de cuerdas y una atención permanente a las condiciones meteorológicas. “Lo principal en este tipo de deportes es el clima, revisar si llueve más arriba, si no llueve”, sostuvo. Las experiencias que realiza en la montaña forman parte también del contenido que comparte a través de Coneja Aventura.

Pese a haber elegido otro deporte, Gustavo nunca estuvo realmente lejos del ciclismo. Su infancia transcurrió entre competencias, vehículos de asistencia, viajes y familiares vinculados con las carreras.

“Yo me crié en ese mundo. Yo estaba metido en las faldas de mi viejo cuando mi viejo corría, cuando mi viejo dejó de correr, cuando llevaba a mi hermano, cuando acompañaba a mis cuñados, mis primos”, recordó.

Aquellas jornadas no se limitaban a San Rafael. “Me acuerdo de estar siempre metido en el coche de auxilio, en la camioneta de mi viejo, viajábamos a San Luis, a San Juan, a Malargüe, y era un mundo que me encantaba”.

Finalmente, la bicicleta competitiva no fue su camino. Los senderos, las montañas y los cañones ocuparon ese lugar. “Nunca, no sé por qué, no terminé siendo ciclista, Dios no quiso. Pero bueno, yo me aventuré en otros deportes”, concluyó.

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