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Malvinas: el fantasma de la guerra y la peligrosa tentación del desvío

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En 1982, acorralado por el colapso social y la pérdida acelerada de legitimidad, Leopoldo Fortunato Galtieri apeló al sentimiento más sagrado de la patria para arrastrar al país a una aventura bélica en las islas Malvinas. Las consecuencias de aquella maniobra por oxigenar un régimen en decadencia fueron nefastas y dolorosas, dejando una herida abierta que jamás debiera ser manoseada por el cálculo cortoplacista.

Sin embargo, el clima de época vuelve a exhibir retóricas inflamadas y alineamientos geopolíticos vertiginosos que invitan a la sospecha. El envalentonamiento del gobierno mileìsta a partir de los guiños y postulados de Donald Trump abre interrogantes severos sobre la verdadera naturaleza de semejante sobreactuación. Resulta ingenuo asumir que la administración norteamericana mantenga un insólito desvelo por la soberanía argentina en el Atlántico Sur. En el pragmático tablero internacional, las manifestaciones de Washington responden más bien a pase de facturas geopolíticos hacia Londres —marcados por la falta de apoyo británico en frentes bélicos como la escalada contra Irán— y al inocultable interés de las potencias por los recursos piscícolas, hidrocarburíferos y la proyección antártica que ofrece el archipiélago.

Ante este escenario de conveniencias ajenas, la realidad nacional se impone con la crudeza de los hechos: la Argentina no se encuentra en lo más mínimo preparada, ni en equipamiento ni en infraestructura, para sugerir un horizonte de confrontación. Cualquier insinuación en esa línea no solo roza la insensatez, sino que traiciona la única vía legítima y sostenible para la recuperación de las islas: la diplomacia, el derecho internacional y la persistencia inquebrantable en los foros multilaterales.

Cabe preguntarse, entonces, si esta pirotecnia discursiva responde a una convicción patriótica genuina o si nos encontramos ante una burda maniobra de distracción y de búsqueda de apoyo popular. En un país asfixiado por las urgencias económicas, donde el ajuste impacta de lleno en la cotidianeidad de las provincias y de los municipios, agitar la bandera nacional para encender pasiones funciona como un clásico anestésico social. Instrumentar la causa Malvinas como una cortina de humo para tapar el deterioro interno es una irresponsabilidad histórica que este país ya pagó demasiado caro.

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