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El mundo no está en peligro por las malas personas sino por aquellas que permiten la maldad | Albert Einstein

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El imperio de la culpa ajena

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Cuando la realidad se empeña en dinamitar las teorías políticas, el poder no revisa sus premisas; busca desesperadamente un culpable. La gestión mileísta no ha buscado uno sino que ha perfeccionado un catálogo tan infinito como delirante de coartadas para explicar por qué sus medidas no dan los frutos esperados por sus votantes y por qué el país se desangra. En el universo mental de la administración central, la autocrítica no existe: es una debilidad desconocida en los manuales de la soberbia ideológica.

El inventario de chivos expiatorios es monumental y abarca desde la conspiración geopolítica más delirante hasta el almacenero de la esquina. En primer lugar, se agita el fantasma perpetuo del «riesgo kuka» y la pesada herencia, el comodín eterno para justificar todos y cada uno de los pesares nacionales. A eso se le suma, en el plano internacional, un tablero global poblado de enemigos invisibles: la “maldita agenda woke” y el “marxismo cultural” que supuestamente corrompen Occidente, el comunismo mundial agazapado, los “30.000 terroristas” extranjeros que han sido echados del país, y las siempre útiles guerras en Ucrania y Medio Oriente —con Irán a la cabeza— que explican los vaivenes de precios que el libre mercado jamás previó.

Pero la lista de enemigos internos es aún más frondosa. Están los gobernadores y la “casta” legislativa, tildados de extorsionadores por defender los recursos de sus propias provincias -salvo sus socios y no hay que ir muy lejos para verlo-; y los diputados y senadores rotulados como “degenerados fiscales” por intentar que a los jubilados y a las universidades no se les caiga el techo encima.

Cuando la calle protesta, la culpa es de los sindicatos, la CGT y los movimientos sociales convertidos en extorsionadores seriales; y si la inseguridad desborda, la responsabilidad recae mágicamente sobre la justicia “garantista”.

Incluso las herramientas de control institucional entran en sospecha cuando contradicen la épica. El periodismo libre es descalificado sistemáticamente como “ensobrado” o directamente como “mierdas humanas” cada vez que publica datos incómodos, y hasta el propio INDEC sufre los recelos del poder cuando sus mediciones de pobreza e inflación chocan contra la fantasía de las planillas presidenciales.

Los formadores de precios y los supermercados completan el cuadro como especuladores maléficos, secundados por el clima y las sequías cuando al agro no le alcanzan las excusas.

Por si faltara épica conspirativa, el relato se remonta a la historia grande para agitar el fantasma de los supuestos «siete golpes de Estado» que habría resistido Milei en menos de tres años de presidencia.

Con semejante ejército de culpables en cada rincón del planeta y de la historia -a los que podrían sumarse varias decenas más-, ¿cómo se le va a exigir autocrítica a un gobierno autopercibido iluminado y excepcional? Para el mileísmo, claramente, gobernar no es hacerse cargo de sus descalabros, sino encontrar un nuevo enemigo al cual señalar antes de que el próximo indicador de la materia que usted -estimado lector- prefiera, termine de pulverizar el relato.

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