“Yo lo amé con pata y todo”. Andrea lo dice y se le hace un nudo en la garganta. No está hablando solamente del hombre que conoció hace casi veinte años. Habla de todo lo que vivieron, de lo hermoso y de lo que dolió, de las esperas, de las llamadas, de un hijo, de una familia que terminó incorporándola, de las enfermedades que atravesaron y de todas las veces que creyó que finalmente él iba a elegirla. Pero no. Siempre estuvo la otra: mujer, hijos, familia. La principal. Hoy sabe algo que durante mucho tiempo no pudo entender: amar a alguien no siempre significa que esa persona pueda ocupar el primer lugar de nuestra vida.
Andrea todavía recuerda qué tenía puesto aquella noche. Era marzo de 2007 y ella tenía 37 años. Jeans, botas color arena. Oscar llevaba un jean y una camisa a cuadros, de esos tonos rosados que todavía puede reconstruir en su memoria. No era una cita como la que ella había imaginado alguna vez.
Él era médico, estaba casado y tenía 33 años. Ella también estaba en una relación formal. Llevaba casi nueve años en pareja con otro hombre. Los dos sabían perfectamente que no estaban entrando en un terreno sencillo.
Oscar la había llamado cerca de la medianoche y le había pedido que lo pasara a buscar. En una ciudad chica, donde todos se conocen y cualquier movimiento puede convertirse en comentario, Andrea tenía miedo de que alguien los viera. “¿A dónde vamos?”, le preguntó. Oscar propuso un lugar donde pudieran estar tranquilos. Un hotel alojamiento.

Ante la cara de sorpresa de ella, él aclaró rápido: “Podemos charlar, tomar algo”. Y eso hicieron. Durante horas. Hablaron desde la medianoche hasta las cinco de la mañana. Su novio la había llamado varias veces preocupado porque ella no volvía. Andrea tenía culpa. También miedo. Y, al mismo tiempo, una sensación que no sabía explicar.
El sexo llegó recién al amanecer. Pero, cuando recuerda aquella primera noche, no habla primero de sexo. Habla de la conversación. De la risa. De esa extraña intimidad que se había instalado entre ellos antes de que se tocaran.
Porque Oscar había aparecido unos meses antes en su vida por una cuestión laboral. Andrea trabajaba en una sucursal de una obra social y él necesitaba hacer trámites para comenzar a trabajar allí. No era el hombre que, a primera vista, ella hubiera elegido. De hecho, tenía un novio alto, atlético, muy atractivo. Oscar era bajo, medio retacón y ya empezaba a quedarse sin pelo. “Pero tenía algo”. La escuchaba. Y, sobre todo, la hizo volver a sentir algo que hacía tiempo no sentía. “Él me hizo reír en un momento en que yo hacía bastante que no me reía”. Y esa frase explica toda una vida. La que vino después.
Andrea, Oscar y sus vidas paralelas
Andrea había conocido a Oscar cuando ya tenía una vida armada. Había sido madre muy joven. Se había casado a los 19 años y tenía dos hijos, una mujer y un varón. Cuando se separó, los chicos tenían apenas uno y tres años. Ella rehízo su vida y todo se encaminó “totalmente”. ¿Acaso alguien puede decir con precisión cuándo es totalmente?
“Cuando lo conozco, yo estaba en pareja, hacía 8 años y medio, en una relación superseria”, relata en tiempo presente como quien revive un pasado que aún late. A sus 37, Andrea tenía una vida estable. “Estaba en la plenitud. Mis chicos estaban bien, yo tenía un rebuen trabajo, un rebuen sueldo, tenía una pareja con un chico relindo, diez años más joven que yo, trabajador. Estaba re bien, re tranquila —dice enfatizando en cada “re” el contraste que está por venir—. Pero se me cruzó este individuo por mi vida”, culmina con un tono más parecido a la comedia que al drama.
Oscar, un médico de 33 años que quería ingresar al sistema de facturación de la empresa en la cual ella trabajaba. Casado, con dos bebés. Todo empezó como una cuestión netamente laboral. Pero el enganche fue instantáneo, aunque nada tuvo que ver con lo físico: “Nada que ver. Mi pareja de ese momento medía 1.80, era jugador de fútbol, un lomazo, soltero, lindo. Y se me cruzó: 1.69 m, pelado, medio retacón… no sé qué fue lo que me cautivó. Algo”, cuenta intentando explicar lo inexplicable. Todo es imposible hasta que dos energías se atraen.
Al principio fueron excusas laborales. Después, las conversaciones se hicieron cada vez más largas. “¿Viste cuando te ponés a hablar y cuando te das cuenta pasó una hora y ni sabés de qué estuviste hablando?”. Eso le pasaba a Andrea, podía pasar horas charlando con Oscar. “Yo me daba cuenta de que necesitaba, que buscaba hablar con él… pero él estaba casado”, alerta, avisándole a su Andrea del 2007 lo que era evidente. Pero no todo lo evidente es obvio.
Un simple resfrío fue la excusa inconsciente para arrimarse un poco más. Un día Andrea estaba congestionada, se sentía mal y no tuvo mejor idea que visitar a su médico amigo. “Todos lo hacemos”. ¿Reflejo inofensivo? La visita de médico concluyó como de costumbre: “Volvé en siete días”. Y así, ya había próxima cita.
Una tarde noche, Oscar la llamó para preguntarle si había empezado con el antibiótico: “No sé, tipo 8 de la noche que el médico te llame para preguntarte si tomaste la medicación, me pareció un poco raro, ¿no?”, narra con la intuición bien puesta. Contestó correctamente y lo dejó pasar. “¿A qué médico fuiste?”, quiso saber el novio de Andrea. No dudes, hasta que dudes.
Y así, excusa va, excusa viene, siempre había un motivo para seguirla. “Pero, ¿viste cuando vos te das cuenta de que las preguntas son tontas?”, se sincera Andrea para ir llegando al punto. En una de esas tantas conversaciones telefónicas, de pronto, Andrea lo descubre: “Cuando corto, me doy cuenta de qué fue lo que siempre me llamó la atención: me había estado riendo, no sé, de las pavadas que me ha dicho”. Rápido, su lado más racional la cuestionó: “Ay, qué raro que te estés riendo con una persona con la que no tengas tanta relación ni tanta confianza”. Pero, qué es la risa sino minutos de vida en forma de regalo. Andrea quiso ser eterna.
Hasta que un día llegó la propuesta de Oscar: “Che, ¿por qué no salimos a tomar algo?”. No parecía indecente, pero Andrea dijo que no, que ella tenía pareja, que él era casado, y que no, no y no. ¿Hay algo más tentador que lo imposible? Oscar insistió. “Un café no se le niega a nadie”, la alentó una amiga a Andrea. Y aquel café terminó convirtiéndose en “el fruto prohibido”: una historia de casi dos décadas.
“Tanto me decía, ‘Vamos a tomar algo’, que acepté”, relata Andrea refiriéndose a ese viernes de otoño. “Mañana”, finalmente contestó ella. “Mañana estoy medio complicado”, se atrevió a decir el médico. Encima que la venía persiguiendo hace meses, ¿ahora se hacía rogar? Con lo que le había costado a Andrea dar el sí: “Mirá, es mañana o nada”. Si fuéramos siempre tan contundentes para preservar nuestro amor propio. Y así se hizo.
Esa noche Andrea se montó sus botas color arena, y Oscar eligió su “camisa fachera”: la de cuadros rosados. “Pasame a buscar”, le pidió él. Con una mezcla de miedo, adrenalina y atracción, el cóctel perfecto para encender el deseo, ella salió a buscarlo. “Pueblo chico, infierno grande”, pensaron una vez juntos en el auto. “¿A dónde vamos?”, preguntó ella ilusa. “Y a dónde vamos a ir —dijo Oscar como quien anda por aguas conocidas—, ¡a un telo!”. Él le dijo que ahí podían charlar tranquilos, tomar algo, entonces Andrea fue. Y, sin querer, se delata en su contradictoria calma: “Fui re tranquila, con un miedo de que me viera alguien, un miedo que lo llevé por un año entero”. “Tranquilidad” y “miedo”, dos emociones difíciles de conjugar en una misma frase.
Una vez en el hotel, hicieron lo que venían haciendo hacía meses: hablaron, hablaron y siguieron hablando. “No me preguntes de qué hablamos porque no me acuerdo”, se justifica Andrea con la tensión del encuentro. “En un momento miré mi teléfono: sonaba a más no poder”. Era el novio de Andrea, que había llamado unas veinte veces. “Yo siempre atendía”, cuenta para potenciar el impacto de su extinción. “¿Lo que gastó? No te puedo explicar. Ponía plata, ponía, ponía y ponía. Se acababa el turno y ¡trácate!”, grafica con gracia el típico sistema de los hoteles alojamientos. El “chamuyo” surtió efecto y recién a las cinco de la mañana fue el tiempo de la verdad: “Cuando ya era la hora de regresar a mi casa, recién ahí tuvimos relaciones”.
A pesar de disfrutar el momento, la confusión ardía: “Yo tenía mucho miedo, mucha culpa. Estaba haciendo algo que estaba mal, que no correspondía. No pensé que me iba a ir al infierno, pero sí me sentía re mal. Dije, ‘Esto no está bien, esto no está bueno’”. Volvió a su casa con pánico de que la vieran. Aunque el deseo pudo más que el susto: esa semana volvieron a repetir la cita, a la misma hora en el mismo lugar. “Y esa vez sí fue pasional. Esa vez sí. La primera no, había sido como un fracaso”. A veces las segundas partes son mejores. Tanto que pueden llevar al delirio: “¿Vos podés creer? Después de aquella noche, me fui a comprar un teléfono para usarlo solo con él. ¿En qué cabeza cabe? En la mía”, relata con una verborragia atrapante.
En todos los sentidos de la expresión, Andrea andaba chocha con su chiche nuevo. “Me sonaba ese teléfono y sabía quién era”. O sea, el único agendado era Oscar. Todavía no existía WhatsApp así que todo era a la vieja usanza. Además de que los mensajes y las llamadas eran más costosos, había que encontrar horarios, cuidar dónde llamar, medir las palabras. “Pero yo estaba en plena felicidad”.
Se había perdido la etapa de los noviazgos adolescentes, de las mariposas, de descubrirse con alguien de a poco. Había sido esposa y madre muy joven. “A los 20 estaba criando hijos”. De pronto, a los 37 años, volvió a la adolescencia perdida. Empezó incluso a escuchar cumbia, algo que jamás había hecho. “Tenía todos los pajaritos en el aire”. Iba, venía, era toda una “pizcueta”.
Oscar era cariñoso. La llamaba durante horas. Cuando estaba de guardia, hablaban muchísimo. “Él era un dulce de leche”. Sus amigas se desesperaban porque Andrea podía quedarse conversando por teléfono durante muchísimo tiempo. “No sé si su sonrisa, no sé si su forma de hablar… no me había cautivado desde lo físico, tampoco desde lo sexual, para nada”, reconoce y hace una pausa para arremeter con el secreto del éxito: “Él me hizo reír en un momento en que yo hacía bastante que no me reía. Eso fue lo que a mí me marcó”. Y así, se enamoró.
Además, con su pareja hacía un año las cosas venían tensas: “Estábamos como cada cual haciendo su vida; yo le había propuesto hacer un viaje y que sí, que no, me terminé yendo sola con mis amigas. ¿Viste cuando vos decís qué está pasando en la relación? Bueno, yo a Oscar lo conozco en ese punto”.
Andrea ya estaba completamente captada por Oscar, aunque todavía intentaba sostener una vida que empezaba a quedarle ajena. Una noche había salido con su novio y otras parejas a cenar y, en medio de la comida, se levantó de la mesa para ir al baño. Pero no fue a lavarse las manos ni a retocarse el maquillaje: se encerró allí, con su telefonito exclusivo y con Oscar. Pasó una hora. Una de sus amigas, que ya sabía del asunto, fue a buscarla. “Andrea, ¿qué estás haciendo? Largá ese teléfono y volvé a la mesa, ¡hace una hora que te fuiste!” Sorprendida de ella misma, se mojó la cara y regresó fingiendo sentirse mal del estómago. Pero por dentro ya sabía que tenía que tomar una decisión. “Ya estaba descarriada. No me importaba nada de nada”. Su cuerpo seguía sentado en aquella mesa, pero su cabeza y su corazón llevaban rato soñando con otro hombre.
Dos meses después de conocer a Oscar, terminó su relación de ocho años. No lo hizo porque Oscar le hubiera prometido una vida juntos. “¿Por qué te peleaste?”, la cuestionó Oscar y, con unos años de retraso, Andrea reacciona: “Porque para él era la relación ideal. Yo estaba con pareja. Había menos riesgo”. Pero ella ya no podía seguir sosteniendo una relación mientras estaba enamorada de otro. “Yo estaba en la cresta de la ola”. Y ahí se armó.

Porque las cosas no fueron nada fáciles con “el dejado”; Iván no lo aceptó. La seguía. Se le presentaba en el trabajo haciéndole escándalo. Aparecía en la esquina de su casa. “Yo tenía pánico de que estallara por el aire todo esto”. Se le aparecía por la noche en el portón del departamento cuando ella volvía tarde de salir. Le tocaba el portero eléctrico a la madrugada o gritaba desde la calle. Iván se obsesionó. Y finalmente descubrió quién era Oscar. Iván llamó a la esposa y le dio todos los detalles. Oscar negó todo. Y “los clandestinos” siguieron ilesos, todavía con más envión.
Oscar iba al departamento de Andrea, se quedaba hasta la mañana cuando los chicos no estaban, salían, si tenían un fin de semana largo, viajaban. “¿Viste que los médicos siempre tienen algún congreso?”, dice una Andrea cómplice. “Para mí, con Oscar teníamos una relación normal de novios. Él se me aparecía en la oficina, me llevaba un regalo, me llevaba un bombón; para el día de mi cumpleaños me fue a buscar y me llevó una campera de regalo. O sea, me atendía. No eran permanentes sus demostraciones, pero siempre había una atención. Si era el Día de los Enamorados, si era mi cumpleaños, si era Navidad… y yo con él”.
Al principio, Andrea no sintió celos de compartirlo con otra mujer. “Nosotros salíamos a cenar con mi grupo de amigos; los amigos de él muchos me conocían. O sea, sabían quién era yo. Yo iba al consultorio y pasaba como si nada”. Oscar entraba a la casa de Andrea como si fuera suya. Tenía una llave. Podía dejar el auto en el garaje. Dormía allí cuando podía. Ella lo esperaba. “Entonces después de pasado el año, sí me empezó a molestar el tema de la otra porque lo nuestro seguía adelante. Avanzaba. Y yo me sentía con derecho”. Solo que no tenía el lugar de una esposa.
Pasó un año. Dos. Y Oscar terminó admitiendo ante su mujer que sí: tenía una relación paralela y estaba enamorado. Así Oscar llegó con el anuncio: “Me separé”. Andrea no supo qué sentir. ¿Miedo? Había esperado tanto aquella frase que, cuando finalmente llegó, se asustó. Claro, tenían la relación perfecta: lo lindo del noviazgo, como extrañarse, y la adrenalina de lo prohibido. “Aparte había cariño, había amor”. La combinación ideal. “Él fue el primero en decirme ‘te amo’; era muy fuerte. No fue una relación pasajera. Yo ya estaba embalada, con pata y todo adentro”.
Oscar vivió unos días en un hotel y después en un departamento prestado. Pasaba los días trabajando y las noches con Andrea. Ella empezó a cocinarle. A lavar su ropa. A prepararle las cosas. Por un tiempo, la vida parecía haber tomado la forma que ella había imaginado. Pero duró poco. Cada vez que ella planteaba “qué iba a pasar un poquito más adelante”, tropezaba con un “dejame ver” y otras ambigüedades propias de la cartilla. “No era un tema que no lo tocáramos”, aclara con una doble negación.
Al mes, Oscar volvió con su esposa. “Esa vuelta a su casa fue terrible para mí, desesperante, fue una puñalada en la espalda, era retroceder un montón. Pero bueno, él me decía, ‘Espérame, teneme paciencia, bancame’. Y yo banqué”. Andrea, otra vez, se quedó esperando. Pero la historia no terminó ahí. Al contrario. Recién empezaba.
En enero de 2009, Andrea recibe un llamado: “Mirá, Oscar tuvo un accidente en la moto, lo llevamos al hospital”, era un amigo de él. Se había fracturado el fémur y la cadera. Necesitaba una cirugía. “Estaba desesperada, no sabía cómo hacer” y llamó a una línea que usaban con Oscar. “A partir de ahora, este teléfono lo voy a tener yo. No llames más”, le exigió una voz femenina del otro lado. Andrea se asustó y cortó. Era la mujer de Oscar. “No toqué más el teléfono”.
Esa noche él la llamó y le contó lo que había pasado. Ella le contó el episodio del teléfono y él la calmó: “En ningún momento se me enojó porque llamé, ni nada de eso”. Al contrario, le dijo que él le avisaría para que vaya a visitarlo al hospital. Y así Andrea se hacía sus escapadas para mimarlo cada vez que él la autorizaba. Le llevaba helado, lo cuidaba, hacía lo que hace una mujer que ama a un hombre.
Oscar estaba internado y a punto de entrar a una cirugía. “Estoy por entrar a cirugía —le dijo—. Vos no te preocupes, cuando yo salgo te llamo. Pero vos quedate tranquila”. Andrea le dijo que sí y cortaron. Sin embargo, apenas terminó la conversación, volvió a marcar. Habrá sido esa angustia de que le pase algo al ser amado. “Amor”, dijo Andrea, sin imaginar quién estaba del otro lado. “Habla Paula —respondió la esposa de Oscar. Y fue directo al punto: “Lo único que quiero saber es si vos seguís con Oscar”. Andrea recuerda perfecto su respuesta: “Yo a vos no te tengo que dar ninguna explicación. No te tengo que decir absolutamente nada. No me parece adecuado que, entrando a una cirugía, vos estés con todo este planteo. Cualquier cosa, hablalo con él. Conmigo no. A mí no me molestes con esto”. Y cortó. “Yo estaba muy subida al caballo”, reconoce que en aquel momento se sentía segura, convencida del lugar que ocupaba en la vida de Oscar.
Luego de la operación, con la confirmación del romance, estalló la bomba. Pero Andrea no se inmutó. Oscar le había dicho que, después de recuperarse, iba a separarse. Y ella le creyó. Entonces, lo inesperado. Andrea venía sintiéndose rara, siempre quería comer facturas. “Estás re pechugona”, le dice su compañera de oficina. ¡Bingo! El Evatest dio positivo y, a finales de enero de 2009, Andrea confirmó que estaba embarazada. “Pero no me asusté, me alegré, saltaba por los aires de alegría”. Estaba feliz.
Tenía casi 39 años, dos hijos grandes y no había planeado volver a ser madre. Pero quería a Oscar. Lo quería tanto que pensó que aquella noticia iba a ser también una alegría para él. “Yo lo amaba. Lo amaba, pero con todo mi ser. Lo amaba”, repite siempre marcando el tiempo pasado…
No podía aguantar para darle la noticia. Lo llamó desde el estacionamiento de su trabajo. “¡Estoy embarazada!”. La respuesta llegó como un balde de agua helada. “No, no puede ser. Este no es el momento. Si la situación hubiese sido otra, no hay problema, pero no de esta manera”, dijo él junto a otra colección de sus frases, hasta soltar la daga: “No tenés que seguir adelante con esto”. Oscar le pidió que interrumpiera el embarazo.
Andrea sintió que se le rompía algo adentro. “A mí me pusieron arriba de un témpano. Se me oprimió el corazón, se me hizo chiquitito, se me hizo añicos, se me rompió”, enumera como una flor que se marchita. Porque a veces tiene que pasar algo inmenso para que veamos las cosas como son.
Lloró durante días. “El pecho se me abría al medio”. No podía entender cómo el hombre que le hablaba de amor podía recibir así la noticia de un hijo suyo. Pero jamás dudó de su decisión. “Lo voy a tener”. Y lo tuvo.
El proceso fue duro. Las voces de Andrea entraron en crisis: ¿Quién es este hombre? ¿Qué pasó? ¿Qué fue todo lo que me dijo? ¿Qué pasa? ¿Dónde está todo ese amor? Tenía miles de preguntas y ninguna respuesta. “Me quería morir”. En determinado momento del ciclo, Oscar habló con su mujer, quien dijo que lo apoyaría con tener un hijo extramatrimonial. Andrea también tuvo que hablar con su propia familia y todos la sostuvieron.
Oscar tardó unos días en acomodar aquello que le pasaba. Después volvió a buscarla. Un domingo fue hasta su departamento. Andrea tenía apenas dos meses de embarazo. Cuando la vio, le pidió perdón. Le dijo que la reacción había sido por la cirugía, por el miedo, por todo lo que estaba viviendo. Y le prometió: “Voy a estar con vos. Vamos a estar juntos. Vamos a enfrentar todo esto juntos”. También le aseguró que el hijo tendría su apellido y que lo reconocería. Andrea volvió a creer.
Durante el embarazo, Oscar estuvo presente. No siempre como ella hubiera querido. Él tenía guardias, consultorio, trabajo. Ella tenía una panza que crecía y una vida que debía reorganizarse. En el tercer mes tuvo una amenaza de parto prematuro y quedó internada. Durante meses Andrea tuvo que hacer reposo absoluto. A veces cenaba sola, con la panza enorme, y lloraba.
Oscar seguía prometiendo que iba a separarse. Que estaba buscando un lugar. Que iban a poder. Ella esperaba. Una vez más. Hasta que llegó septiembre. Y nació el bebé. Oscar estuvo allí. Acompañó el parto. Lo vio nacer. Y cuando este hijo llegó al mundo, algo de aquella historia secreta dejó de ser oculta para siempre.

La familia de Oscar terminó conociendo a Andrea. Su madre sabía de ella. Y no solo lo sabía: la quería. La llamaba para preguntarle cómo estaba su nieto. Y pronto toda la familia conoció al bebé, que fue recibido con mucho amor.
Los hijos de Oscar también lo conocieron. Lo quieren. Los hermanos comparten cumpleaños y momentos familiares. Un chico, hoy adolescente, que creció rodeado por una familia que, de una manera extraña y difícil de explicar, lo ama.
Andrea seguía esperando. Hasta que un día entendió que esperar no alcanzaba. Cuando su hijo tenía alrededor de cuatro años, Oscar finalmente dijo una frase que Andrea necesitaba escuchar, aunque fuera la que más le doliera: “Yo no me voy a separar”.
Y ella entendió que podía seguir esperando durante el resto de su vida. O podía aceptar que él no iba a elegirla. Se distanciaron. Andrea intentó rehacer su vida. Todavía piensa que no va a poder: “Del único hombre del que yo me enamoré es de Oscar. Y no creo que me vaya a volver a enamorar de otro”. Andrea dice que no quiere conocer a otro hombre. No quiere descubrir otra piel. Otra forma de abrazar. Conoce el olor de Oscar. Y todavía lo ama. ¿A qué huele el amor?
Oscar siguió existiendo en su vida, pero ya no como pareja. Desde mayo de 2025 no volvieron a tener una relación íntima. Hablan. Se ven por cuestiones prácticas. Está su hijo en común. Está la historia. Pero algo cambió. Por primera vez, Andrea empezó a dejar de esperarlo.

Lo amó entero. Con las promesas que llegaron y las que nunca llegaron. Lo amó incluso cuando tuvo que aceptar que él no iba a darle el lugar que ella había imaginado. ¿Por qué no la eligió? Porque Oscar tampoco eligió realmente a la otra mujer. Eligió no elegir. Se quedó en el lugar más cómodo. Dos mundos donde podía ser querido.
“Aquella relación me llevó puesta”, acepta sin dramatismo. Como quien mira hacia atrás y finalmente puede unir algunas piezas. Y después de haber pasado tantos años intentando que él la eligiera, finalmente entendió que hay una elección que nadie puede hacer por ella: la suya.
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Amores Verdaderos es una serie de historias reales, contadas por sus protagonistas a TN. En algunas de ellas, los nombres serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas.
Fuente: TN


