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Marcos Santander, el científico formado en San Rafael que participó del proyecto que llevó a Francis Halzen al Nobel

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El astrofísico nacido en General Alvear y formado en San Rafael integra el proyecto IceCube, cuyo impulsor, Francis Halzen, fue distinguido con el Premio Nobel de Física 2026. En diálogo con FM Vos 94.5, explicó cómo funciona el observatorio instalado en el hielo antártico, repasó su recorrido desde la UTN San Rafael hasta Estados Unidos y destacó el costado humano del científico premiado.

La noticia del Premio Nobel de Física 2026 tiene una conexión directa con el sur mendocino. Marcos Santander, nacido en General Alvear, criado en San Rafael y formado en la Facultad Regional San Rafael de la Universidad Tecnológica Nacional, integra desde 2009 el proyecto IceCube, el observatorio que permitió detectar neutrinos de alta energía provenientes del cosmos. Su trayectoria lo llevó desde las aulas de la UTN y su acercamiento al Observatorio Pierre Auger, en Malargüe, hasta un equipo internacional cuyo trabajo abrió nuevas posibilidades para estudiar el universo.

El reconocimiento fue otorgado a Francis Halzen, investigador de la Universidad de Wisconsin-Madison e impulsor de IceCube. La Real Academia Sueca de Ciencias anunció el martes 6 de octubre que el científico recibió el Nobel por sus contribuciones decisivas al observatorio y al descubrimiento de neutrinos de alta energía de origen astrofísico. La distinción reconoce una iniciativa que transformó un enorme volumen de hielo del Polo Sur en un instrumento de observación científica.

Para Santander, que participó en las investigaciones de esa colaboración internacional, el anuncio produjo una emoción que reúne el orgullo profesional y el afecto por una persona con la que comparte años de trabajo. “Así que para todos fue una gran sorpresa y una gran alegría para el proyecto”, expresó en una entrevista con FM Vos 94.5.

Durante la conversación, el investigador de 46 años explicó con ejemplos cotidianos qué son esas partículas tan difíciles de detectar, por qué resulta necesario buscarlas en lugares como la Antártida y cómo llegó a involucrarse en una investigación de alcance mundial.

“Los neutrinos son partículas subatómicas, eso quiere decir más chiquitas que un átomo”, señaló como punto de partida. Su característica fundamental para esta búsqueda es que interactúan muy poco con la materia: pueden recorrer enormes distancias y atravesar cuerpos sin dejar una señal fácilmente observable.

Marcos Santander

“Puede traspasarnos a nosotros, puede traspasar el planeta entero”, describió Santander. Esa capacidad, que vuelve tan compleja su detección, también les da un enorme valor como portadores de información sobre los lugares donde se producen.

El desafío consiste en registrar alguna de sus escasas interacciones y reconstruir, a partir de ellas, su energía y su dirección de llegada. Así, los científicos pueden buscar pistas sobre fenómenos que ocurren muy lejos de la Tierra.

La utilidad astronómica de los neutrinos también está relacionada con que carecen de carga eléctrica. A diferencia de las partículas cargadas, sus trayectorias no son desviadas por los campos magnéticos que encuentran en el espacio. El observatorio IceCube fue diseñado para estudiar estos mensajeros procedentes de algunas de las fuentes astrofísicas más violentas del universo.

Santander explicó que esa forma de observar requiere cambiar la imagen habitual de un telescopio. Cuando se piensa en uno, suele aparecer la idea de un tubo, una lente o un espejo que permite mirar la Luna, los planetas o las estrellas. IceCube responde a una lógica diferente.

“La mayoría de la gente, si se imagina un telescopio, se imagina un tubo con una lente, un espejo”, comentó. Pero reunir neutrinos exige otro procedimiento, porque atraviesan los materiales con una facilidad que impide recolectarlos como se recolecta la luz.

“No es posible tener un espejo que haga rebotar los neutrinos porque el neutrino pasa a través del espejo por más grueso que el espejo sea”, explicó.

Por eso, en lugar de concentrar las partículas mediante un sistema óptico, los investigadores necesitan disponer de una cantidad gigantesca de materia. La expectativa es que, entre los innumerables neutrinos que la atraviesan, alguno interactúe y produzca una señal detectable.

“Necesitamos una enorme cantidad de material”, sintetizó Santander. Ese volumen debe reunir además otras condiciones: ser suficientemente transparente para que los sensores puedan registrar la luz y permanecer a oscuras para distinguir señales extremadamente débiles.

El científico detalló que estas exigencias llevan a buscar escenarios naturales muy particulares. El fondo del mar ofrece grandes cantidades de agua, oscuridad y transparencia. El hielo profundo de la Antártida reúne características que también permiten desarrollar esa clase de observaciones.

“En la profundidad del glaciar del Polo Sur, el hielo también es muy transparente”, señaló. “Tiene una transparencia de cientos de metros”, agregó para dimensionar por qué ese ambiente puede funcionar como parte esencial del detector.

El procedimiento consiste en instalar sensores dentro del hielo y buscar la luz generada por las partículas que aparecen cuando un neutrino interactúa. Santander lo explicó con una imagen sencilla: “Esa señal, en general, es un pequeño destello de luz azul”.

Francis Halzen

La escala de IceCube permite comprender el esfuerzo tecnológico necesario. El detector original cuenta con 5.160 sensores ópticos distribuidos en 86 líneas, a profundidades de entre 1.450 y 2.450 metros. Su disposición permite instrumentar aproximadamente un kilómetro cúbico de hielo antártico, un volumen extraordinario para una instalación científica.

Detrás de ese instrumento hubo décadas de ideas, pruebas y desarrollo. Durante la entrevista, Santander recordó que la posibilidad de utilizar neutrinos para hacer astronomía se venía explorando desde mucho antes de la construcción de IceCube.

El objetivo, explicó, es detectar la partícula y luego intentar establecer qué región del cielo la produjo: “Una vez que uno detecta este neutrino trata de ver de dónde viene en el cielo y trata de ver qué galaxias o qué objetos produjeron esos neutrinos”.

En ese recorrido, Halzen tuvo un papel central al proponer en 1988 que se utilizara el hielo profundo de la Antártida. La construcción de IceCube quedó terminada en 2011, después de investigaciones y experiencias previas que permitieron comprobar la viabilidad de la propuesta.

Santander recordó particularmente a AMANDA, el detector que antecedió a IceCube y sirvió como una etapa importante en ese desarrollo. La apuesta fue creciendo hasta convertirse en un observatorio capaz de registrar señales que ayudarían a consolidar una nueva forma de estudiar el cosmos.

El investigador destacó que Halzen “lideró nuestro grupo de investigación durante el descubrimiento de los neutrinos de alta energía que se produjo más o menos en el año 2013”.

Ese año, la colaboración IceCube publicó resultados de una búsqueda que reunió 28 eventos de alta energía registrados entre mayo de 2010 y mayo de 2012. Sus características no podían explicarse solamente mediante los fenómenos que producen neutrinos en la atmósfera terrestre y eran compatibles con una contribución de origen extraterrestre. El trabajo constituyó un hito para la astronomía de neutrinos de alta energía.

La historia de Santander dentro de ese proyecto comenzó varios años antes y tuvo sus primeras etapas en el sur provincial. Según relató, nació en General Alvear y vivió allí hasta los ocho años, cuando su familia se trasladó a San Rafael.

“La mayor parte de mi vida la pasé en San Rafael”, afirmó. Allí cursó sus estudios universitarios en Ingeniería Electromecánica, en la Facultad Regional San Rafael de la UTN.

Su acercamiento al Observatorio Pierre Auger, en Malargüe, fue determinante para orientar su carrera hacia la investigación del universo. Ese contacto le permitió conocer a científicos que trabajaban en temas que despertaban su interés y comenzar a imaginar una continuidad académica fuera del país.

“Ahí conocí mucha gente que trabajaba en estos temas, que me apasionaban”, recordó.

Entre esas personas estuvo quien luego sería su director de tesis doctoral. La relación abrió la posibilidad de incorporarse a la Universidad de Wisconsin-Madison, donde también trabajaba Halzen, y comenzar una nueva etapa vinculada directamente con IceCube.

Marcos estudió en la UTN San Rafael

“Desde 2009 que estoy trabajando en IceCube, primero como estudiante de doctorado, después como postdoc en la Universidad de Columbia en Nueva York”, detalló Santander.

El recorrido continuó en la Universidad de Alabama, donde actualmente desarrolla su actividad científica y dirige su propio grupo de investigación. Su página académica lo presenta como profesor asociado del Departamento de Física y Astronomía de esa institución.

Su trayectoria muestra cómo una formación iniciada en San Rafael pudo conectarse con grandes proyectos internacionales. En su relato, esa evolución aparece vinculada tanto al interés por los problemas científicos como a los encuentros con investigadores que le permitieron avanzar hacia nuevos espacios de trabajo.

Sin embargo, al hablar del flamante Nobel, Santander puso especial énfasis en una dimensión que suele quedar fuera de los anuncios sobre premios y descubrimientos: la manera de relacionarse con los demás.

“Francis es una persona increíble, aparte de ser un científico increíble”, sostuvo.

Lo describió como alguien cercano, con sentido del humor y dispuesto a compartir momentos fuera de la actividad académica. Para Santander, esa calidad humana tiene un valor particular dentro de un ambiente de alta exigencia y competencia.

“Es una persona muy, muy amena y que apoya mucho a los estudiantes y a la gente más joven dentro de los proyectos”, destacó. Agregó que esa actitud “es una cualidad que también es poco común, sobre todo en estos niveles”.

El respaldo a quienes comienzan una carrera científica tiene, en su experiencia, un significado concreto. Él mismo ingresó a IceCube como estudiante de doctorado y fue construyendo un recorrido que lo llevó a dirigir investigaciones y formar a otros.

Por eso, la alegría por el Nobel excedió el reconocimiento a los resultados del observatorio. También estuvo ligada a la satisfacción de ver distinguido a un investigador al que aprecia por su forma de trabajar y acompañar a las nuevas generaciones.

“La verdad que no sabíamos que iba a ser para él el premio Nobel”, aseguró Santander. Aunque dentro de la colaboración existen vínculos con instituciones científicas suecas, explicó que el anuncio los tomó por sorpresa.

El Nobel Francis Hanzel

Desde el sur mendocino hasta el hielo del Polo Sur, su historia enlaza formación universitaria, oportunidades de investigación y un trabajo colectivo sostenido durante años. En el centro de esa tarea están partículas que atraviesan la Tierra casi sin dejar huellas y que, cuando finalmente pueden ser detectadas, aportan información sobre regiones lejanas del universo.

Para Santander, la emoción de estos días reúne esas dos dimensiones: la de un proyecto científico que alcanzó un reconocimiento mundial y la de las personas que lo hicieron posible. Como expresó en FM Vos, la alegría fue por Halzen como científico, por el trabajo realizado en IceCube y “también por él por calidad de persona”.

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