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Marcos Santander y el faro de la educación pública que pretenden apagar

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Hay noticias que atraviesan kilómetros de distancia y sacuden el orgullo profundo de nuestra región. La reciente consagración del astrofísico Francis Halzen con el Premio Nobel —y la confirmación de que en ese equipo de élite mundial brilló el físico Marcos Santander, formado en las aulas públicas de San Rafael— es uno de esos hitos que nos devuelven la fe en el talento local. Es la demostración cabal de que desde el interior del país, con esfuerzo, vocación y una sólida formación académica gestada en la universidad pública, nuestros jóvenes pueden llegar a la frontera misma del conocimiento humano.

Sin embargo, el orgullo por la hazaña de Santander choca de inmediato con la amarga ironía de los tiempos que corren. Mientras un sanrafaelino deja su marca en la historia de la ciencia global gracias al trayecto transitado en el sistema educativo estatal, el Gobierno nacional actual persevera en una política de demolición sistemática contra ese mismo sistema. Asfixiar financieramente a las universidades, congelar los presupuestos de investigación, desfinanciar el CONICET y tratar a la ciencia como un gasto superfluo es, ni más ni menos, que apagar el semillero de talentos que hoy deslumbra al mundo.

El caso de Marcos Santander expone con brutal claridad la falacia del discurso oficial que descree de lo público. Sin la gratuidad y la excelencia de la universidad estatal, su historia —y la de miles de profesionales que sostienen la salud, la educación y el desarrollo del país— jamás se habría escrito.

Atacar la educación pública no es equilibrar las cuentas; es hipotecar el futuro, cortarle las alas a las nuevas generaciones y condenar a la Argentina a la mediocridad. Celebrar hoy a Marcos Santander debe ser, al mismo tiempo, un acto de firme defensa de la escuela y la universidad pública: el único motor capaz de transformar el talento de nuestros pibes en soberanía, conocimiento y futuro.

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