Fuente: TN
La rareza del amor es que algo tan simple como una voz puede alterar el orden de toda una vida. En un instante y sin mucha explicación, todo cambia. Como le pasó a Sergio: “Fue un ángel que pasó y me deslumbró”.
Sergio nació en 1971 y, cuando habla de Carmela, todavía se emociona. Pasaron más de dos décadas desde que se conocieron y 22 años desde que dejaron de verse, pero hay una pregunta que todavía lo acompaña: ¿cómo habría sido su vida si se hubiera animado a elegirla?.
La historia empezó en 2002, cuando internet todavía tenía algo de territorio desconocido y AOL ofrecía salas de chat en las que uno podía encontrar personas con las que jamás se habría cruzado. Sergio tenía una vida familiar consolidada: estaba casado y tenía dos hijos, uno de cuatro años y otro de dos. Había conocido a su esposa a los 17 años. Después de ocho años de noviazgo, se habían casado y construido una familia. Él trabajaba desde adolescente, había crecido rápido y estaba acostumbrado a hacerse cargo de sus responsabilidades. No estaba buscando otra vida. Ni siquiera estaba buscando el amor. Se metió en un chat de amistad “casi de aburrido, casi sin querer”. Y ahí apareció ella.
Al principio, los chats eran breves, de diez o quince minutos. Hablaban de cosas cotidianas, sin grandes confesiones. Carmela vivía en La Plata y Sergio en Lomas de Zamora. No había WhatsApp, ni videollamadas, ni la posibilidad de mirar una foto nueva cada cinco minutos para sentir que el otro estaba más cerca. Había una computadora, un teclado y la expectativa de volver a escribirse al día siguiente.
Carmela le preguntó con quién vivía. “No me voy a olvidar más, me dijo, ‘¿Con quién vivís?’ Y yo le puse con mi familia. No le mentí, vivía con mi familia”, justifica el hombre de 55 años a aquel Sergio de 31. Si bien no era mentira, tampoco era toda la verdad. No le contó que estaba casado ni que tenía dos hijos. ¿Omitir es mentir?
Ella le dijo que era soltera, que vivía con sus padres y su hermana. Durante aquel primer mes, los dos fueron construyendo una intimidad extraña, hecha de palabras y de una curiosidad que crecía sin que pudieran explicarla demasiado. “Mi mujer nunca me controló, nunca me celó. Entonces, yo tenía esa tranquilidad; me metía en la computadora y charlaba, tampoco era que estaba horas. Diez, quince minutos al día”. Hasta que al mes de chatear, Carmela le pasó su número de teléfono. Todo es suficiente hasta que nada es suficiente.

“Sin siquiera haberle escuchado la voz, yo sentía que me pasaban cosas con ella. Teníamos conversaciones banales, tontas, pero sentía la necesidad de hablar con ella, de saber más, quién era, de conocerla”. Sergio todavía recuerda la desesperación de aquella primera llamada. Estaba con un amigo y, cuando intentó comunicarse, una operadora le respondió que el número era inexistente. “Me mintió”, pensó decepcionado, pero enseguida descubrió que le faltaba la característica de La Plata. Su amigo lo ayudó a resolver el misterio. Entonces, antes de llamarla, Sergio marcó asterisco-31-numeral para bloquear su número y que ella no pudiera identificarlo ni supiera su teléfono. “Tenía miedo de que me llamara y yo no pudiera atender”. Miedo de que aquella historia incipiente se cruzara con la vida que tenía en su casa. La real.
La llamó y escuchó su voz por primera vez. “Sentía que la conocía desde hace un montón de tiempo”. Lo que vino después fue una escalada que ninguno de los dos parecía capaz de frenar. Primero hablaban diez minutos por día. Después, media hora. Más tarde, varias veces en una misma jornada. Llegó un momento en que se llamaban cada quince minutos. Antes de encontrarse cara a cara, ya hablaban unas diez veces al día. Sergio empezó a descubrir que necesitaba escucharla, que quería saber más de ella, que cualquier excusa era buena para prolongar una conversación. “Sentía que me estaba enamorando de ella… sin haberla visto”.
No era una cuestión sexual. Ni siquiera había una atracción física concreta, porque apenas sabía cómo era. Le gustaba escucharla. “Todo lo que hablaba con Carmela eran cosas lindas, cero obligaciones”. Podía quedarse horas al teléfono escuchándola sin cansarse. Todo era nuevo, liviano, emocionante. No había cargas compartidas ni problemas domésticos que resolver. Había un hombre y una mujer que encontraban placer en oírse. “Todo lo que yo deseaba de pronto se daba. Eran las cosquillas, las mariposas en la panza”. Sergio nunca había sentido algo así.
“Siempre llamaba yo porque ella mi número no lo tenía”, revela con el sabor que desata el poder. Así, después de dos o tres meses de conversaciones, decidieron encontrarse. El lugar elegido fue Plaza Moreno, frente a la catedral de La Plata. La cita quedó fijada para el primer sábado de mayo de 2002, a las cuatro de la tarde.
Para poder ir, Sergio inventó que saldría con un amigo a jugar al pool. Llegó en su camioneta y se quedó esperando, mirando a las mujeres que pasaban. Cada vez que veía acercarse a alguien, pensaba que podía ser ella.
Había preparado un CD con música de Alejandro Sanz, porque sabía que a Carmela le gustaba. En aquella época, los encuentros todavía tenían esa mezcla de incertidumbre y romanticismo que hoy parece de otra galaxia: no había una ubicación compartida para avisar que uno estaba llegando ni un mensaje con una foto para reconocerse. Había que esperar, mirar y confiar.
Entonces, Carmela apareció. “Cuando la vi, dije: ‘Voy a estar en problemas porque sentí que ya la amaba’”, recuerda con una simpleza absurda. Sergio la describe flaquita, rubia, con una sonrisa hermosa. “¡Me encantó!”, dice, y de repente vuelve al presente para intentar redimirse: “Y mi esposa es hermosa. Yo te muestro una foto y vas a ver que es hermosa. Pero había algo de Carmela que me llamaba mucho la atención; era, no sé, algo que me hacía sentir”. Se acercó, la abrazó y le agradeció por haberle hecho sentir tantas cosas lindas durante aquellos meses. Fueron a tomar algo, charlaron y después volvieron a la camioneta. “Nos miramos y los dos sabíamos lo que venía”. Se besaron apasionadamente. “Yo estaba en Narnia”, descubre Sergio y vuelve a aquel planeta mientras lo recuerda. Pero enseguida regresa cabizbajo: “Me tenía que ir, y lo hice con la promesa de volver el próximo sábado”. Porque aquella primera vez no fue un beso que lo atrapó. Fue la confirmación de algo que venía sintiendo desde antes de verla: “Me estaba metiendo en un gran lío”.

Durante toda esa semana se debatió entre dos fuerzas: las ganas desesperadas de volver a verla y la culpa de estar engañando a su mujer. “No estaba bien lo que estaba haciendo y yo lo sabía, pero era más fuerte que yo”, se sincera. “Llegó el sábado y necesitaba otra vez volver a mentir para irme. Volví a involucrar a mi amigo, pero esta vez lo llevé”. Lo extraño era que Sergio sentía más remordimiento de estar mintiéndole a la nueva conquista que a su compañera de toda la vida: “Toda esa semana yo le decía a mi amigo: ‘Le voy a contar la verdad a Carmela’”. Su amigo intentó convencerlo de que no dijera nada, que “aprovechara la oportunidad sexual y después resolviera cómo seguir”. Sergio se negó. No podía acostarse con Carmela sin contarle la verdad. Ya se estaba enamorando y no quería que ella descubriera más adelante que había construido todo aquello sobre una farsa. Y solo se contradice: “Era todo una mentira, que es lo que más lamento”.
Llegó el fin de semana y, con él, la visita a La Plata, secundado por Roberto. Carmela debía encontrarse con ellos y llevaría a una amiga. Pero la cita tuvo un imprevisto: ella estaba despidiendo a unos familiares muy queridos que se iban a vivir lejos y llegó llorando desconsolada. Se bajó del auto, corrió hacia Sergio y lo abrazó como si fuera su novio de toda la vida. Él la sostuvo entre sus brazos y sintió que ya no podía seguir ocultándole quién era. “Acá algo va a estar peor de lo que yo imaginaba”, pensó. Ver su vulnerabilidad lo ablandó. Entonces le pidió a Roberto que se bajara del auto y los dejara solos. “Hay algo que quiero que sepas que te tengo que contar y no sé cómo”, expuso por fin él. Carmela le preguntaba qué pasaba, qué tenía que decirle. Sergio bajó la cabeza. Guardó dos minutos de silencio. Tal vez para enterrar al falso Sergio soltero. Nunca sabemos cómo inventamos nuestra trama perfecta hasta que lo hacemos. Y encontró el valor de pronunciar las palabras que podían terminar con su cuento de hadas: “Soy casado y tengo dos hijos”.
La puñalada fue directa al corazón. Carmela enmudeció. El hombre del que se estaba enamorando no era quien ella creía. Sergio le dijo que tenía todo el derecho de odiarlo, que entendería si no quería volver a verlo nunca más. “También quiero que sepas que me pasa algo con vos y que no quería irme a la cama con vos sin que sepas mi verdad. Si no me querés ver más, no nos vemos nunca más. Pero si me querés ver, todo lo que te voy a decir a partir de ahora va a ser verdad”, sentenció como un pastor.
Carmela se bajó de la camioneta: “Dejame procesarlo y hablamos”, dijo al despedirse. Esta vez Sergio le dio su número de teléfono. Por primera vez, a punto de caer al precipicio, ella podía llamarlo.
Sergio pensó que todo había terminado. Se lo dijo a sí mismo durante el sábado, el domingo, el lunes, el martes. Intentó convencerse de que había hecho lo correcto, de que tenía que ponerle un punto final antes de que fuera demasiado tarde. “Me siento bien así, mejor termino con esto, de una vez le doy un corte porque ya me estoy enamorando mal y la verdad es que no está bien”, se consolaba Sergio a sí mismo. El miércoles por la tarde sonó su telefonito. Era Carmela. Le dijo que no sabía qué le pasaba, que no le importaba aquello como quizá debería, y que no quería dejar de verlo. Que él le hacía bien y que “sea como sea” quería seguir con él. Sergio sintió algo contradictorio: “Felicidad y conflicto”.
El sábado siguiente se encontraron en el mismo lugar, a la misma hora. “Y ahí nos recontra besamos y le dije que la amaba”, dice con la voz de un chico de 15. Esta vez se disfrutaron con la certeza de que ambos sabían dónde estaban parados. Sergio le dijo que no quería tener relaciones sexuales con ella todavía, que prefería esperar a que sucediera naturalmente y que lo último que deseaba era hacerle daño. “Era el mundo, ella y yo. No había más nada. No había nadie”. La frase se repite a lo largo de su relato, como si todavía necesitara explicarse lo que vivió. Porque durante casi dos años, Sergio sintió que, cuando estaba con Carmela, todo lo demás desaparecía. No había pasado, futuro ni consecuencias. Estaban ellos dos, y eso parecía suficiente. El momento presente era lo único eterno. “Para que vos tengas una idea, y esto obviamente que no lo sabe nadie, ella fue el amor de mi vida”.

Durante los primeros encuentros se sentaban en el pasto, extendían un mantel, tomaban mate y conversaban durante horas. “Estaba flotando. Ella fue una locura, una cosa tremenda”. No necesitaban hacer nada fuera de lo común. A veces, la felicidad tiene esa forma sencilla: compartir una tarde, hablar de cualquier cosa, escuchar al otro sin mirar el reloj.
Al cuarto encuentro hicieron el amor por primera vez. “Fue espectacular, un sueño”, admite Sergio con la mirada perdida en 2002. Pero, cuando intenta explicar qué era lo que lo unía a ella, no habla de su belleza, aunque le parecía hermosa. Habla de la piel, de la confianza, de esa intimidad que no dependía de hacer algo especial. Después de hacer el amor, se quedaban abrazados durante media hora. No tenían apuro por separarse ni por volver a la realidad. “Con ella era todo lindo —dice—. Era todo lo descontracturado de la vida”.
Mientras tanto, en Lomas de Zamora, la vida seguía. Sergio continuaba casado, compartía con su esposa la crianza de sus hijos y mantenía una rutina familiar que no se había interrumpido. Nunca dejó de atender a sus hijos. Tampoco dejó de reconocer las cualidades de su esposa, a quien describe como una “mujer bárbara”. Pero empezó a sentirse dividido entre dos mundos: el de las obligaciones y el de aquella felicidad clandestina que lo esperaba del otro lado de la autopista.
Las mentiras se multiplicaron. “Cada vez era peor, cada vez más amor”, mezcla sin darse cuenta dos conceptos contrapuestos que, a través de la paradoja, describen a la perfección el sinsentido. Si tenía una reunión en el centro, podía desviarse a mitad de camino y manejar hasta La Plata. Después inventaba que lo habían hecho esperar tres horas y que tendría que volver al día siguiente. Se peleó con amigos con los que llevaba tiempo distanciado y se “reconcilió imaginariamente” con otros solo para conseguir una coartada. A veces se quedaba sin excusas y tenía que improvisar sobre la marcha.
Cada vez que podía, iba a ver a Carmela, la mujer por quien respiraba. “Podíamos tener sexo arriba de la camioneta en el medio de la calle con gente caminando alrededor y éramos nosotros dos. No había nadie más, no existía el mundo cuando estábamos juntos”, recita como un mantra. Ya no eran solo los sábados: empezó a escaparse dos o tres veces por semana. Hablaban veinte veces por día, a veces más. La necesidad de encontrarse se había vuelto tan intensa que llegó a manejar a velocidades peligrosas, desesperado por llegar cuanto antes. “Algún día me voy a matar en la ruta”, le decía Sergio a su único cómplice: “Roberto, en el camino a La Plata me voy a matar. Si me pasa algo, vos inventá algo para que no me escupan el cajón porque sabía que iba a tener un accidente”. Y, sin embargo, seguía haciéndolo.

Los meses pasaron y las cosas comenzaron a ponerse formales por La Plata. Sergio conoció a los padres de Carmela, que lo recibieron con cariño desde el primer momento. “Empecé a entrar a la casa de ella como el novio”. A partir de entonces, formaba parte de su mundo cotidiano. Los padres lo invitaban a quedarse a comer, le ofrecían pasar la noche para que no tuviera que volver tan tarde y hasta le ofrecían pagarle el día de trabajo para que se quedara. “Me caían mil puntos”. Sergio se sentía querido y, al mismo tiempo, delincuente. Aquella familia le abría las puertas de su casa sin saber que el hombre al que estaban incorporando a sus vidas tenía otra familia, una esposa y dos hijos. Le dolía mentirles, pero no encontraba la manera de decirles la verdad sin destruirlo todo.
A los seis meses de relación, Sergio y Carmela se fueron cuatro días a la costa, al departamento que ella tenía allí. Para poder hacerlo, él inventó una salida de pesca con Roberto. También los acompañó una prima de Carmela. El padre de Carmela llegó a ofrecerle su auto, porque gastaba menos combustible que la camioneta de Sergio, gestos que le resultaban tan conmovedores como dolorosos. También le dijo que, si su hija lo había llevado a su casa, debía sentir algo muy fuerte por él. Sergio no sabía cómo sostener aquella mentira frente a personas que lo trataban con tanta amabilidad. Y cuanto más lo querían, más le pesaba el engaño.
La mujer de Sergio nunca se enteró de nada. En una etapa él estaba más raro que nunca: “Inventaba peleas; me enojaba por nada; me quería ir de mi casa como sea; hacía y deshacía bolsos cada dos por tres”. Recién ahí ella le preguntó si tenía otra mujer. “¿Vos creés que yo tengo otra mujer?”, respondió él esquivando el caos. Dicen que cuando no sepas qué responder, haz otra pregunta. Sergio había leído bien el manual. El método fue infalible, y la vida en familia siguió fluyendo sobre ruedas.
Cerca de cumplir un año de relación, se acercaba el cumpleaños de Carmela. Ella estaba triste porque pensaba que Sergio no iba a poder acompañarla. Él le prometió que estaría. Entonces llevó a su familia de vacaciones a la costa y regresó solo, antes de tiempo, con la excusa de que había empezado un trabajo nuevo y no podía ausentarse más días. Acto seguido, cayó en el cumpleaños de Carmela con globos y bolsas de regalos. Quería verla feliz. Quería que, al menos ese día, no tuviera que conformarse con ser la mujer que esperaba a que él encontrara un hueco en su agenda. Sergio recuerda esa escena con una mezcla de ternura y culpa. Todo lo que hacía por Carmela nacía de las ganas de verla sonreír, pero para conseguirlo necesitaba inventar una y otra vez una realidad paralela. El amor podía ser genuino; la forma de sostenerlo, en cambio, estaba llena de falsedad.
A veces se pregunta cómo habría sido si la hubiera conocido antes que a su esposa. Pero nunca consigue responderse. Lo que sí recuerda es que Carmela no intentaba convencerlo de que su esposa era una mala mujer. Al contrario. Cuando Sergio se quejaba de algún problema doméstico, ella lo ayudaba a mirar las cosas desde el lugar de su mujer. Si había una cuenta por pagar, se ofrecía a recordarle los vencimientos. Si él estaba enojado por algo relacionado con la organización de la casa o con los chicos, Carmela le señalaba todo lo que su esposa hacía y que él quizá no estaba viendo. “Eso me enamoraba más todavía —confiesa—. Porque tenía la oportunidad de decirme cualquier cosa mala y hacía todo lo contrario. Ella sabía toda la verdad y asumía su rol. Mientras yo le pudiera dar lo que le daba, con eso era feliz”.
Pero ¿cuánto tiempo puede sostenerse una felicidad que depende de horas robadas, de encuentros a escondidas y de una vida que no termina de pertenecer a nadie? ¿Cuánto tiempo se puede sostener un amor a medias, tibio? Nada.
“Hice las valijas diez veces”, resume Sergio para explicar cuánto pensó en separarse. Imaginó una vida diferente y sintió que quizá tenía delante a la mujer con la que podría haber sido inmensamente feliz. Pero cuando llegaba el momento de tomar una decisión, aparecían sus hijos. Era un padre demasiado presente. Los amaba con una intensidad que todavía hoy organiza su vida en torno a ellos. La posibilidad de dejar de convivir con sus hijos, de convertirse en un padre que los viera algunos días, le resultaba insoportable. “Yo respiro cada mañana por mis hijos”. Y no lo dice para justificarse. Lo dice como quien reconoce el lugar desde el que tomó una decisión que tendría consecuencias para todos.
También estaba la vida cotidiana que había construido con su esposa: los años compartidos, los problemas que habían atravesado, las dificultades económicas, las deudas, el trabajo, la crianza. Todo aquello que no había vivido con Carmela. Porque con ella, reconoce, había conocido sobre todo la parte luminosa del amor. No habían tenido que atravesar juntos las mismas obligaciones ni enfrentar el desgaste cotidiano.
Quizá por eso nunca pudo saber si aquella felicidad habría sobrevivido a una vida compartida. Quizá habría sido maravillosa. Quizá no. La pregunta sigue abierta, porque no hay manera de conocer una vida que no se vivió.
“En un momento sentía que no quería mentirles más a los padres. Ya no podía, o sea, mirá vos el grado de locura: le estaba mintiendo a mi esposa, que tampoco se lo merecía, pero me importaba más el mentirle a los padres de Carmela”, reflexiona sermoneando a su propia conciencia. Lo cierto es que, después de casi dos años, Sergio empezó a sentir que ya no podía seguir. No habían tenido ni una pelea. Nunca habían discutido ni siquiera media palabra. Pero la intensidad de los encuentros y el esfuerzo de sostener dos vidas empezaban a volverse tortuosos. También estaba el miedo: cada viaje podía terminar en un accidente, cada mentira podía descubrirse, cada encuentro podía lastimar a alguien más.
Finalmente, se sentaron a hablar. En medio de un mar de lágrimas, Sergio le dio la noticia a Carmela: “Con todo el dolor de mi alma, vamos a terminar”. Mencionó que ella merecía una vida propia, alguien que pudiera elegirla sin condiciones, que no tuviera que esperar a que él encontrara un momento para verla. No quería que siguiera siendo la segunda de nadie.

Carmela lloró. Le pidió un último favor: que hablara con sus padres. Fue otra despedida dolorosa. La madre de ella también lagrimeó y les pidió que lo pensaran, que se dieran tiempo, que intentaran arreglar las cosas. Pero Sergio sabía que no se trataba de una discusión que pudieran resolver. El problema era la vida que él no podía ofrecerle. Se besaron por última vez. Sergio la dejó cerca de su trabajo y se fue.
Siguieron hablando durante mucho tiempo. Veinte, treinta veces por día, como si no pudieran desprenderse de golpe de una intimidad que había ocupado cada espacio de sus jornadas. Hasta que las llamadas empezaron a espaciarse. Cada diez días, quizá. Después, menos. Hasta que dejaron de hablarse.
Pasaron dos o tres años. El teléfono de Sergio sonó y volvió a escuchar aquella dulce voz: “¿Cómo hiciste para olvidarme?”, soltó Carmela del otro lado. Ni siquiera lo saludó. Preguntó con la urgencia de los que sufren por amor. “Nunca jamás me olvidé de vos”, juró Sergio y enseguida le recordó la promesa que le había hecho durante la relación: “Tenés el 33 por ciento de mi corazón, y así será por siempre”. Los otros dos tercios le pertenecen a mis hijos, explicó.
Con el tiempo, las conversaciones terminaron por apagarse. Carmela siguió adelante con su vida. Sergio sabe que ella tiene un hijo, está en pareja y parece estar bien. A veces la “espía” en Instagram, aunque ya no puede acceder a su perfil como antes. Conoce los nombres de sus familiares y, de vez en cuando, consigue enterarse de algo sobre ella.
Todos los años, para su cumpleaños, le manda un mensaje. No sabe si los recibe, ni siquiera si los lee. Nunca obtuvo respuesta. No la critica por eso. Al contrario: si Carmela logró olvidarlo y construir una vida feliz, se alegra. Pero hay algo que no puede evitar. Cada tanto se pregunta qué habría pasado si se hubiera separado de su esposa. ¿Habría encontrado con Carmela esa felicidad que sintió durante casi dos años? ¿Habría sido el amor de su vida en el sentido más cotidiano de la expresión, el de compartir una casa, envejecer juntos, atravesar las dificultades y descubrir qué sucede cuando el enamoramiento se mezcla con las responsabilidades?.
No lo sabe. Y, probablemente, nunca lo sepa. Sin embargo, hay algo que Carmela dejó en él que va más allá de la nostalgia. Sergio dice que antes era un hombre muy estructurado, preocupado por las apariencias, por lo que los demás pensaban y por estar siempre a la altura de las expectativas ajenas. Ella le enseñó a relajarse, a disfrutar de lo simple, a no convertir cada decisión en una competencia.
Hoy puede comprarse un traje sin gastar una fortuna y sentirse bien aunque otros se hayan gastado muchísimo más. Puede sentarse en el piso de una terraza, tomar mate y disfrutar de una conversación sin necesidad de hacer nada más. Aprendió a caminar descalzo sobre el pasto, a quedarse un rato quieto, a no medirlo todo con los parámetros de los demás.
Son aprendizajes pequeños, pero para él tienen un significado enorme. Porque, cuando habla de Carmela, no recuerda solo a una mujer de la que se enamoró perdidamente. Recuerda una manera de estar en el mundo que descubrió a su lado. “No hay un día que no piense en ella”.
¿Qué es lo que más extraña? No son ni los besos, las caricias o los encuentros a escondidas. Lo que más añora son las charlas. Las horas en las que podían hablar de cualquier cosa, del fútbol, de las carreras de autos, de un problema que tenía que resolver, de la vida. La facilidad con la que podían quedarse juntos sin que hiciera falta llenar cada silencio.
A veces, después de tener sexo con su esposa, cada uno sigue con sus cosas. Con Carmela, en cambio, se quedaban abrazados durante media hora. No importaba que tuvieran que levantarse, vestirse o volver a la realidad. Había algo en ese abrazo que les permitía prolongar el encuentro, como si todavía pudieran ganarle unos minutos al tiempo.
Sergio no se enorgullece de las mentiras que sostuvo. Sabe que su esposa no merecía que le ocultara una relación y que Carmela tampoco merecía tener que compartirlo. No convierte su historia en una hazaña ni pretende justificar el daño que pudo haber causado. Reconoce que fue una etapa hermosa y, al mismo tiempo, estresante. Las dos cosas pueden ser ciertas.
Hoy sigue casado con su esposa. Trabajan juntos, pasan gran parte del día uno al lado del otro y comparten las rutinas de una vida construida durante décadas. Sergio habla de ella con cariño y agradecimiento. No está buscando escapar de su presente ni asegura que habría sido más feliz si hubiera tomado otro camino. Pero Carmela sigue ahí, en algún lugar de su memoria. No como una promesa de regreso, sino como una historia que no ha conseguido borrar.
Si pudiera pedir un deseo, pediría volver a verla una sola vez. No habla de besarla ni de recuperar el tiempo perdido. Lo que desea es tenerla enfrente, mirarla a los ojos y decirle algo que, para él, todavía necesita ser escuchado. “Es a la única persona en mi vida a la que nunca le mentí”.
Hay personas que pasan por nuestra vida y nos cambian la manera de mirar el mundo. No necesariamente se quedan. A veces, ni siquiera llegan a compartir con nosotros la vida cotidiana, esa que pone a prueba los sentimientos entre cuentas que pagar, obligaciones, cansancio y días que se parecen demasiado unos a otros. Sin embargo, algo de ellas permanece intacto, como si el tiempo no hubiera conseguido tocarlo.
Quizá por eso, más de dos décadas después, Sergio todavía puede recordar de memoria el número de teléfono al que la llamó por primera vez. Quizá por eso sigue escribiéndole para su cumpleaños, aun sin saber si sus palabras llegan a destino. Quizá por eso, cuando habla de ella, vuelve a emocionarse como si una parte de aquel hombre que esperaba en su camioneta frente a la catedral todavía estuviera ahí, mirando a las mujeres que pasan, esperando reconocerla.
No todos los amores están destinados a convertirse en una vida compartida. Algunos quedan suspendidos en el territorio de lo que pudo haber sido, donde no hay respuestas definitivas ni manera de comprobar si la felicidad habría resistido el paso del tiempo. Sergio eligió quedarse con sus hijos, con su familia y con la vida cómoda que había construido. Carmela siguió su camino. Y ambos tuvieron que aprender a vivir con una historia que, por intensa que hubiera sido, no podía continuar de la misma manera.
Tal vez el amor de la vida no sea siempre la persona con la que uno termina. Tal vez sea aquella que, aun después de haberse ido, deja una marca que transforma nuestra manera de mirar las cosas, de disfrutar lo sencillo y de entender qué significa estar verdaderamente cerca de alguien.
Sergio no sabe qué habría pasado si hubiera elegido otra vida. No sabe si con Carmela habría sido feliz para siempre o si, como tantas parejas, habrían descubierto que el amor también tiene días difíciles. Lo único que sabe es que encontró en ella algo extraordinario. Y que, si pudiera pedir un deseo, no pediría cambiar el pasado ni recuperar lo perdido. Pediría verla una vez más.



