No es sencillo saber cómo piensa un pueblo. De hecho, es arriesgado saber qué piensa o cómo siente “todo el pueblo” puesto que en el seno de una comunidad las visiones suelen ser de lo más variadas o, como en el caso de la Argentina, profundamente polarizadas. Sin embargo, es un hecho que la mayoría de los integrantes de un conjunto social quieren para sí mismos el bien común y, más allá de pensamientos egoístas –que los hay, y muchos–, la mayoría de nosotros querría que el bienestar incluyera a la mayor cantidad de conciudadanos posible. O eso queremos creer…
Quienes ejercen la función política partidaria muchas veces creen haber descifrado el enigma. Así, hablan en “nombre del pueblo”, creen ser “parte del pueblo” cuando, en realidad, son parte del poder y, aún en oposición o en minoría, se arrogan el mote de “portavoces del pueblo” y muchas otras actitudes que, en definitiva, casi siempre demuestran más un deseo o codicia de poder que una realidad productiva.
En estas épocas de azar e incertidumbre política, muchas veces se acude a las encuestas y quienes descifran sus códigos encriptados para, en teoría, vaticinar el sentir “del pueblo”. Así, en un puñado de personas seleccionadas por el azar o el sesgo, descansa lo que equivocadamente se denomina “opinión pública”.
En realidad, el pueblo –o la mayoría de sus integrantes– expresa claramente su pensamiento en dos circunstancias específicas: cuando opina votando y cuando, cansado de tanto padecer, se convierte en masa crítica.
Un conjunto de personas unidas en una dirección, tras una meta común, que se reúne con la esperanza de crecer indefinidamente, sabe que cuánto más densa es, más poderosa se siente. Y cuando la gente –o una porción mayoritaria de ella– se cansa de ser pobre o de pagar las crisis que otros generaron, o la privan de oportunidades en favor de sectores privilegiados, o vulneran sus derechos y libertades, u observa que la corrupción se ha apoderado de los cargos decisorios, es cuando los pueblos suelen hacer tronar el escarmiento.





