Algunos mendocinos y su dudoso gusto por la pintura

A mediados del año pasado, un hecho dañoso contra el ambiente geológico local fue noticia en San Rafael: tres jóvenes -un mayor de edad y dos chicas adolescentes, todos oriundos de Bowen- realizaron pintadas en la formación rocosa conocida como las “Mil Hojas”, en la zona del Valle Grande. Después de la polémica y hasta la causa judicial que se generaron en consecuencia, los implicados propusieron pagar los casi 50.000 pesos que una empresa especializada cobró por llevar a cabo la tarea de limpieza de su “travesura”.

Esta semana, un hecho similar se produjo en la vecina provincia de San Luis pero, nuevamente, con mendocinos como protagonistas: la familia Bazán Trillas, oriunda del departamento de Maipú, generó indignación a raíz de un “grafiti” que estampó en una pared de piedra de la localidad de La Carolina.

La imagen, con el apellido, el origen de la familia y la fecha en que los desaprensivos turistas llevaron a cabo la pintada, se viralizó en redes sociales y generó el repudio generalizado. Así, hubo reclamos, pedidos de multas y hasta insultos para la familia comprovinciana.

Finalmente, los Bazán Trillas reconocieron su error y anunciaron que en las próximas horas viajarán nuevamente a intentar enmendar su falta, borrando lo que escribieron en las sierras puntanas.

La vieja costumbre de pintar construcciones, paredes, monumentos o, como en este caso, formaciones geográficas públicas (o incluso privadas) es tan extendida como ilógica y repudiable. Salvo a sus autores, a nadie se le ocurre un motivo válido para llevar a cabo ese tipo de actos. El hecho de que habitualmente sus autores dejen, como en estos casos, escrito su nombre, es una clara muestra del egoísmo y la falta de empatía con el resto de la sociedad que evidencian.

Ojalá que el escarnio público y las eventuales sanciones judiciales que puedan aplicárseles a los dañinos redunde en que abandonen estas actitudes antisociales.