Almafuerte y el hecho de no darnos por vencidos…

Un día como hoy, pero de 1854, en San Justo (Buenos Aires) nacía Pedro Bonifacio Palacios, conocido también por el seudónimo de Almafuerte, maestro y poeta argentino. Teniendo apenas 16 años comenzó a dirigir una pequeña escuela en Chacabuco donde, en 1884, tuvo la posibilidad de conocer a Domingo Faustino Sarmiento.
Luego se dedicó al periodismo y, entre 1894 y 1896, retomó sus actividades en la escuela de la localidad de Trenque Lauquen pero, por temas políticos, fue dejado cesante.
Tuvo cinco hijos adoptivos, lo que marca un gran contraste entre la enorme generosidad que, según sus allegados, tenía para con los demás y la pobreza en la que se vio sumergido casi toda su vida. Y una anécdota destaca su inmenso amor hacia los niños, a los que, a pesar de su pobreza, dispensó su más amplia protección: se cuenta de él que siendo maestro de la escuela de Trenque Lauquen, supo que uno de sus alumnos se encontraba enfermo, y como era muy pobre, carecía de ropas hasta para la cama. Almafuerte tomó su humilde colchón y frazadas y se las envió al pequeño mientras él se tapaba por las noches con la bandera de la escuela.
La actividad literaria de Pedro Bonifacio Palacios ha deparado las más diversas opiniones. De hecho, Jorge Luis Borges dijo alguna vez: “Almafuerte pudo dejarnos los peores versos que se hayan escrito en lengua castellana, pero también, en ocasiones, los mejores”.
Quizás la creación más popular de Almafuerte sean los “Siete sonetos medicinales” publicados en 1907 y de donde surge el famoso: “No te des por vencido, ni aun vencido, / No te sientas esclavo, ni aun esclavo; / Trémulo de pavor, piénsate bravo, / Y arremete feroz, ya mal herido…”.
En estos tiempos pandémicos tan particulares, tan dominados por el sentimiento de abatimiento, quizás esas simples palabras puedan servirnos para seguir cuidándonos, tomando real dimensión del inconveniente que nos toca atravesar como seres humanos y, sobre todo, no darnos por vencidos.