Argentina, un país de enojados

Vivimos en un país con demasiada gente enojada. Las elecciones PASO del domingo –y su resultado– fueron una muestra palmaria de ello. De acuerdo a la mayoría de los analistas políticos, la decisión ciudadana estuvo basada, fundamentalmente, en la desaprobación de los argentinos hacia quien no votaron. Esto es, no votaron a favor de alguien, como lógicamente debería ser, sino en contra de… Las motivaciones en ese sentido son variadas, pero en ese “no voto” o “voto negativo” hay una clara dosis de decepción, de enojo.
Enojado también se lo vio al presidente Mauricio Macri el lunes posterior al acto eleccionario. En medio de una crisis cambiaria y con un gesto en su rostro mezcla de desencanto y estupor, el mandatario –que se jugará la reelección en octubre y eventualmente en noviembre– brindó una conferencia de prensa, junto a su compañero de fórmula Miguel Ángel Pichetto, en la que eligió evaluar la derrota del domingo denostando a su contrincante (el ganador de las PASO, Alberto Fernández), al señalarlo como el culpable de la crisis de los mercados. Incluso criticó la decisión del electorado al afirmar: «Esto es una prueba de lo que va a terminar pasando y de lo que ustedes, los argentinos, van a sufrir si gana Fernández».
Argentina es un país que encadena una serie muy amplia de fracasos. De allí la frustración y, de esa frustración, el enojo. Sin embargo, está claro –y ojalá alguna vez lo entendamos– que la solución a nuestros problemas probablemente se encuentre en la indignación. Será con trabajo conjunto, políticas inclusivas, prácticas propositivas de todos y, sobre todo, con la idea del “bien común” guiando nuestros pasos como encontraremos una eventual salida a este aciago momento.
Lo dijo Benjamin Franklin: «El enojo nunca se produce por falta de alguna razón, pero rara vez por una buena razón». Ciudadanos y fundamentalmente dirigentes deberemos internalizar ese concepto para ser una mejor nación. No hay mejor razón que esa.