Basura y comunidad

Las grandes comunidades mundiales se encuentran preocupadas, desde hace tiempo, por un drama creciente: la basura. Los cada vez más numerosos desperdicios que el ser humano genera en plena época consumista deparan la necesidad de establecer qué hacer con estos. En ese sentido, los países más avanzados han encarado campañas para paliar el flagelo y uno de sus pilares básicos es la separación y clasificación, puesto que su tratamiento y disposición final son diferentes.
Esa misma inteligencia es la que hace un tiempo se ha tomado en nuestro departamento para que los ciudadanos llevemos a cabo la tarea de selección y disposición de nuestra “basura” a fin de que el Estado pueda desarrollar con ella los pasos siguientes más efectivos y amigables con el ambiente.
La campaña comenzó con la entrega domiciliaria de bolsas para dividir nuestros desperdicios –más allá de los residuos domiciliarios típicos- entre papeles y cartones, y plásticos. Ahora, el Municipio dispuso la instalación de diez estaciones ecológicas donde los vecinos pueden dejar sus pilas, plásticos, cartones, vidrios, metales y residuos electrónicos en diferentes contenedores.
Más allá de la intención estatal, la pata ciudadana aún muestra ciertas falencias: en el caso de las mencionadas bolsas, muchas veces fueron y son utilizadas para la basura domiciliaria o para contener hojas de los árboles; en el caso de las estaciones “verdes”, varias de ellas han sido aprovechadas por vecinos desaprensivos a fin de tirar la basura domiciliaria, que –vale decirlo– sigue siendo recogida por los camiones municipales en los barrios sanrafaelinos.
Quienes aceptamos vivir en sociedad, contamos con los derechos y beneficios que esa organización nos otorga, pero también asumimos obligaciones para que la convivencia sea pacífica y armónica. La disposición de nuestra basura a algunos puede parecerle un detalle menor, pero en realidad es una manera de ver cómo y cuánto respetan al resto de la comunidad.