Hoy se conmemora un nuevo aniversario del paso a la inmortalidad de Manuel Belgrano, una efeméride que año tras año corre el riesgo de quedar atrapada en la repetición mecánica de la liturgia oficial. Sin embargo, la distancia cronológica no debilita la potencia de su legado; por el contrario, la hondura de la actual crisis moral y material convierte a la figura del creador de la bandera en un faro incómodo para la realidad argentina. Evocar su fisonomía ética implica, de forma inevitable, trazar un paralelo descarnado con las conductas de la dirigencia política que hoy administra los destinos de la nación.
Belgrano encarnó el ideal del patriota civil. Abogado, economista y diplomático de una formación intelectual brillante, no dudó en postergar sus intereses personales y su salud para asumir responsabilidades militares complejas en las que no tenía experiencia previa, respondiendo únicamente al llamado de la patria incipiente. Su trayectoria fue una constante entrega de capital propio en favor del bien común.
Este perfil histórico choca de frente con la fisonomía de la dirigencia contemporánea, caracterizada por una alarmante inversión de los valores fundacionales. Mientras el prócer entendía la función pública como un ejercicio de despojo absoluto, gran parte de los liderazgos actuales percibe el acceso a las estructuras del Estado como una plataforma de acumulación patrimonial, blindaje de prerrogativas personales y perpetuación de facciones.
Las sospechas de enriquecimientos ilícitos, la opacidad en el manejo de las partidas presupuestarias, la justificación de fortunas inexplicables y el usufructo de bienes estatales para fines suntuarios configuran una realidad cotidiana que escandaliza a una sociedad sometida a severas privaciones económicas. El contraste es de una naturaleza moral profunda: se pasó de la política que donaba su riqueza a la política que se enriquece a expensas del esfuerzo ajeno.
Recordar a Manuel Belgrano en este contexto exige abandonar la nostalgia pasiva para asumir una actitud de exigencia crítica. Reclamar la decencia como condición indispensable para el ejercicio de la representación pública es el único camino viable para saldar la deuda histórica con aquellos hombres que lo dieron todo sin pedir nada a cambio, evitando que los símbolos patrios queden reducidos a una mera escenografía del desamparo contemporáneo.







