Besos

Padre José Ceschi

«Algo que el niño recibe gratis, el joven roba y el hombre madura compra» (Noel Clarasó). Más allá de la humorada, hay mucho de verdad.
Los niños, en efecto, son quienes más besos reciben. Espontáneamente, por un impulso natural del corazón. Saludar a un niño es casi siempre besarlo, porque en el beso está la mayor expresión de la ternura.
El joven lo roba, porque su propia juventud, transitando la primavera de la vida, lo impulsa a «tomar posesión» de alguien a través del beso.
Y después están los adultos -incluyendo sobre todo a los ancianos-, quienes frecuentemente compran el beso de los chicos por medio de regalos. Y los chicos, nada tontos, aprenden a «dejarse comprar», sacando muy buenos dividendos. Es típico el caso de «la tía de los caramelos», que termina convirtiéndose en «los caramelos de la tía»…
Y si hay besos interesados, también los hay traicioneros, como el de Judas cuando entregó a Jesús: «Judas ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?» (Lc 22,48). Fue el amargo reproche del Maestro al consumarse la traición. Pero más allá de los excesos y pecados, el beso en sí mismo es algo bueno: expresión de amor, ternura, amistad. El santo de la dulzura, San Francisco de Sales (muerto en 1622), escribió al respecto:
«El beso es la señal viva de dos corazones que se aman. En todo tiempo ha sido empleado como por instinto natural para representar el amor perfecto, la unión de las almas. Y en realidad se aplican unos labios a otros cuando se besan, para manifestarse que se querrían derramar recíprocamente las almas, unirlas en una unión perpetua; y porque en todos los tiempos y entre los más grandes santos, el beso ha sido el signo del amor y del querer».
Claro que no todos toman el beso en forma tan positiva. Un científico noruego llegó a definirlo como «un intercambio voluntario de microbios». Lo cual, mal que nos pese, no deja de ser verdad…

¡Hasta el domingo!