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Cabo Verde: un espejo que muchas veces no queremos ver

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La trabajosa y sufrida victoria de la Selección Argentina ante su par de Cabo Verde -por los 16avos de final de la Copa Mundial de Fútbol- parece dejar un sedimento que excede largamente lo estrictamente deportivo. El desarrollo del encuentro, que a priori en el imaginario colectivo se presentaba como un trámite accesible ante un rival de menor envergadura histórica, terminó transformándose en un espejo descarnado de nuestra propia idiosincrasia.

Nos cuesta enormemente obtener victorias, consolidar procesos o alcanzar metas que considerábamos aseguradas, y esa dificultad sistemática suele nacer de un vicio de origen: la tendencia cultural a subestimar los problemas y a suponer que los rivales, o las crisis estructurales, son de una jerarquía inferior a nuestras capacidades.

Este fenómeno es el producto directo de una contradicción identitaria que nos condena a oscilar entre la omnipotencia y el desamparo. Nos creemos los mejores del mundo de manera absoluta —tanto cuando los hechos lo respaldan como cuando la realidad nos demuestra lo contrario—, lo que nos impide diagnosticar con precisión la complejidad de los escenarios que enfrentamos. Esa misma distorsión perceptiva alimenta el péndulo moral de una sociedad propensa a los juicios sumarios. Quienes hoy, tras noventa minutos de zozobra, sentencian con liviandad que el equipo y el cuerpo técnico «no sirven para nada», son exactamente los mismos que hasta ayer, literalmente, los elevaban al altar de los héroes de la patria.

Esa alarmante facilidad para demoler en minutos lo que tomó años edificar es idéntica a la que aplicamos en nuestra vida civil, social y política. La ciudadanía argentina fagocita a sus dirigentes políticos, institucionales y sociales con la misma velocidad con la que idolatra y luego crucifica a sus deportistas. Pasamos del mesianismo fundacional, donde un conductor o un programa económico promete salvarnos para siempre de la decadencia, al linchamiento público y el escepticismo absoluto cuando los resultados no se materializan de forma inmediata. Esa misma intolerancia al matiz contamina las relaciones entre los compatriotas de a pie, obturando cualquier posibilidad de construir consensos duraderos sobre bases reales. El partido ante Cabo Verde, al igual que las recurrentes crisis económicas que golpean con severidad a las estructuras productivas del interior y de nuestro oasis sur, nos recuerda que los atajos mágicos no existen. Quizás sea momento de aceptar, con una dosis indispensable de humildad y realismo, que no somos ni los mejores ni los peores del mundo. Sostener cualquiera de esos dos extremos solo nos conduce al inmovilismo o a la frustración colectiva. Comprender que las victorias —las deportivas y las de la organización social— se construyen reconociendo las dificultades del terreno y respetando las capacidades ajenas, representa el único camino viable para abandonar la ciclotimia y empezar a habitar un país posible, alejado de las ficciones de la soberbia.

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