Candidatos y propuestas (reales)

Definida una importante porción del escenario político partidario nacional con vistas a las elecciones presidenciales de octubre, las mentes de los eventuales candidatos y de los ciudadanos volverán a protagonizar el juego de seducción-adhesión que habitualmente imponen los actos eleccionarios.
Con las principales fuerzas políticas y sus representantes ya develados –con varias sorpresas-, una pregunta debería inquirir a esos dirigentes y a nosotros, los votantes: ¿tienen programas de gobierno ciertos los candidatos ante una situación que seguramente será harto complicada cuando asuman (o re) en diciembre?
Un programa expresa lo que un candidato propone, las ideas que articulan su propuesta, el modo en que esas razones se transformarán en acciones y también la honesta advertencia sobre las dificultades que habrá que vencer y los sacrificios a realizar en la concreción de ese programa. Cosas que para las lumbreras del marketing electoral pertenecen a la “vieja política” y por eso son despreciadas. A cambio, y por ahora, solo ofrecen falsos pasados como único futuro, futuros idílicos con más optimismo que realismo y, sobre todo, vilipendios hacia sus adversarios.
Alguien dirá (no con poca razón) que es difícil plantear propuestas coherentes basadas en una única filosofía política, puesto que esta parece licuada con la conformación de frentes electorales que aúnan voluntades y pensamientos de lo más variopintos. Así, muertos los partidos políticos, parecieran ya no importar los programas. Hoy todo se reduce al elemental recurso de “escuchar a la gente” o “al pueblo”, según el moderno y perezoso –aunque eficaz, en ocasiones- pensar de los “gurúes” proselitistas.
Una esperanza queda: si la ciudadanía actuara como tal, con los deberes y responsabilidades que ello comprende, el juego podría invertirse. Entonces el ciudadano querría escuchar qué programa tiene el candidato y su partido, sea cual fuere. Ante eso, muchos que “miden” bien la pasarían mal en las urnas.