Carlitos Páez cumplió su deuda después de 45 años de la tragedia de Los Andes

Dicen que los uruguayos nacieron con un termo bajo el brazo. Así se presentó ayer Carlitos Páez, ante un auditorio lleno en el Centro de Congresos y Exposiciones Alfredo Bufano. Es la tercera visita que realiza a San Rafael. Esta vez lo hizo acompañado de sus hijos y nietos, porque después de 45 años de aquel trágico accidente, sentía que tenía una deuda pendiente.
La conferencia inició a las nueve de la mañana. Tuvo un matiz distinto porque recién el fin de semana había ido al sitio donde cayó el avión. “Pasé frío. Debo decir que es una experiencia dura. Ayer éramos como ciento y pico en la cabalgata. La gente cuando llega no ve nada. Ve una tumba y un paisaje hermoso. Contuve las lágrimas. Es un sitio de dolor. La vida está hecha de sinsabores. Es un viaje al interior de uno mismo”, dijo, y de inmediato colocó un video que relata entre imágenes y testimonios lo vivido en la Cordillera de Los Andes durante 72 días.
Carlitos Páez era parte del equipo uruguayo de rugby Old Christians Club. En 1972 jugarían en Chile en un campeonato intercolegial. Tenía tan sólo 18 años de edad. Un muchacho malcriado, consentido, al cuidado de una niñera, según él mismo confesó. Cuando despertaba, el desayuno ya estaba sobre su cama. Él y sus compañeros no conocían la nieve. Siempre viajaban en ómnibus y lograron que un avión de la Fuerza Aérea Uruguaya les cobrara 38 dólares de ida y vuelta, con la condición de que el avión fuese repleto. El 13 de octubre de 1972 se embarcaron 45 personas rumbo a Chile. En su bolsillo, Carlitos llevaba 70 dólares para comprar ropa nueva y salir con chicas. Pararon en Mendoza porque las condiciones climáticas no eran buenas. Se comieron unas empanadas. Ese sería su último contacto con la civilización antes de la tragedia.
Uno de sus compañeros le dice para sacar fotos en la ventanilla. Carlitos, que era tan caprichoso, aceptó cambiar de puesto. Minutos después les dicen: «Pónganse los cinturones que el avión va a bailar». «Ole», gritan todos. El segundo “ole” fue con temor: 600 metros de golpe a 400 kilómetros por hora. El avión choca. Ya no ve a su compañero que estaba sacando las fotos. El fuselaje no tocó ni una roca. “En ese lugar las nieves son eternas. Nunca un ser humano había estado allí. Yo vestía jeans y mocasines. Escuchamos que el copiloto decía ‘pasamos Curicó, pasamos Curicó. Pidió agua y se murió. Fue la peor noche. Sollozos, tus amigos muriendo, gritos por doquier”. En 10 días comieron una lata de mariscos entre los 26 y unas barras de chocolate. El día 16 los embistió un alud de nieve. Estuvieron tres días sin salir de allí. El 31 de octubre, Carlitos cumplió 19.
Cuenta que él se parece al personaje de la película “La Vida es Bella”. Se mantuvo con buen humor y buena onda. Hizo un bolso de dormir. Esos fueron sus mayores aportes. Antes de cerrar la conferencia con la frase ritual de San Francisco de Asís, contó tres anécdotas.
Una vez en un vuelo el avión no arrancaba. Escuchando los supuestos de los tripulantes, una señora redonda voltea y le dice: “tenía que venir usted”. Otra: en una entrevista que le hicieran a Gustavo Zerbino, otro de los protagonistas de Los Andes, para un programa argentino, le preguntaron que si ellos sabían que estaban en territorio argentino, a pocos metros de un hotel abandonado, y él respondió que les parecían más simpáticos los chilenos y por eso se fueron para allá. La tercera: cuando se encontró con su mamá en el hospital, le dijo que le cambiara los 70 dólares a peso chilenos para comprar ropa, y ella le dijo sorprendida: “pero Carlitos, no gastaste nada”.