Caso Fortunato: una oportunidad para aprender en medio del dolor

El proceso judicial y la sentencia condenatoria contra Julieta Silva por la muerte de Genaro Fortunato depararon, tal como se esperaba en el marco de un acontecimiento que conmovió –y aún lo hace- a una gran parte de nuestra sociedad, varios tópicos para el análisis y la reflexión.
Partiendo de la base de que la muerte de un muchacho de 25 años es un hecho injusto por donde se lo mire, la actuación del Poder Judicial merece una evaluación donde la prudencia debería primar. Una vez conocida la sentencia contra Silva (3 años y 9 meses de prisión y la accesoria de 8 años de inhabilitación para conducir automotores), muchas voces se alzaron para mostrar su disconformidad frente a la actuación de los jueces Luque, Laigle y Bittar. Ciertamente, y tal como admiten los propios integrantes del Poder Judicial, su rol y sus decisiones se encuentran por estos días particularmente observados y, muchas veces, criticados. Esas expresiones, algunas de ellas con fundamento y otras sin el menor conocimiento jurídico, no deberían soslayar que el trabajo de los jueces es aplicar la ley y que, en esa inteligencia, éstos deben despojarse de sentimientos o reclamos populares para intentar (con los elementos probatorios a disposición) llegar al pronunciamiento más sensato. Pero, además, debería tenerse en cuenta que la sentencia del lunes seguramente será objeto de revisión por una o varias instancias superiores, completando así las posibilidades de obtener una respuesta estatal ante el quebrantamiento del orden social.
Más allá de lo meramente judicial, y tal como reclamábamos en el comienzo del debate, la tragedia debería llevarnos a evaluar también algunos otros aspectos de nuestra vida en sociedad, como lo son nuestras formas de divertirnos, de dirimir nuestras controversias o hasta de comunicarnos.
La evaluación objetiva de este hecho y su resolución podrían resultar indignantes para quien sufre la pérdida de un hijo. Y están en su derecho. Sin embargo, somos nosotros -el resto de la comunidad- quienes debemos intentar construir, desde la lógica, la prudencia y, con el pesar a cuestas, una sociedad mejor.