Combustibles: brecha impositiva, fluctuación del crudo y nuevo perfil del consumidor mendocino según AMENA

El mercado de los combustibles en la República Argentina atraviesa un complejo escenario de reordenamiento económico donde confluyen variables internacionales, presiones impositivas internas y una reconfiguración total del negocio minorista. Frente a las versiones que anticipan una posible baja del 17% en los surtidores hacia el mes de septiembre impulsada por la estabilización del precio del barril de petróleo a nivel global, el sector expendedor mantiene una postura de cautela. La combinación de un atraso histórico del 19% en los impuestos específicos al sector, las recientes fluctuaciones en el mercado cambiario y una contracción real en los volúmenes de venta abren un gran signo de pregunta sobre la evolución real de los precios.

Domingo Franchetti, presidente de la Asociación Mendocina de Expendedores de Nafta y Afines (AMENA), analizó la matriz de costos que determina el valor en boca de expendio, desmitificó el rol de las estaciones de servicio en la fijación de precios y describió el advenimiento de un consumidor «analítico» que obliga a redefinir la rentabilidad de las estaciones hacia el sector de servicios.

Radiografía del surtidor: del barril internacional a la matriz impositiva local

La determinación del precio de la nafta y el gasoil responde a decisiones de política macroeconómica y energética exógenas a las estaciones de servicio, estructuradas sobre el valor de la materia prima, el tipo de cambio y los gravámenes estatales. «Es fundamental hacer un poco de historia y de docencia con este tema: las estaciones de servicio no fijamos los precios, esa es una decisión que depende pura y exclusivamente de los gobiernos y de las estrategias de las empresas. El precio en el surtidor se apoya sobre dos grandes temas; el valor del petróleo a nivel internacional junto al costo del refino, y el componente impositivo. Con el estallido imprevisto del conflicto en Medio Oriente y el cierre del estrecho de Ormuz, el barril de crudo trepó bruscamente de 60 o 70 dólares hasta rozar picos de 110 dólares», dijo Domingo Franchetti al inicio del reportaje.

«En nuestro país, la petrolera con mayor participación de mercado optó por no trasladar de forma inmediata ese incremento, implementando una fórmula de amortiguación que promedia el costo en ventanas de 45 a 60 días, lo que hizo que las subas locales fueran más progresivas y lentas. Ahora que el petróleo a nivel mundial está a la baja, desconocemos cómo impactará exactamente la retracción. Al ser un commodity, el combustible también se ve severamente afectado por el tipo de cambio. Si pasás bruscamente de requerir 1.400 pesos a 1.500 pesos por dólar, la devaluación empuja los costos internos, y es difícil predecir si la baja del crudo internacional logrará compensar esa suba de la divisa», amplió.

Domingo Franchetti, presidente de la Asociación Mendocina de Expendedores de Nafta y Afines (AMENA), analizó la matriz de costos que determina el valor en boca de expendio

La paradoja fiscal: el atraso del ICL y el impacto en la coparticipación

Las modificaciones normativas aplicadas en las últimas administraciones nacionales transformaron los impuestos a los combustibles líquidos, acumulando un desfasaje que impacta de manera directa en la recaudación federal y provincial. «En el año 2017 se modificó el esquema tributario a través de la Ley 27.430, reemplazando el viejo sistema de porcentaje fijo por un monto de dinero neto actualizable de forma trimestral por el Índice de Precios al Consumidor (IPC). Se buscaba que el impuesto no galopara a la par de las devaluaciones. Sin embargo, durante la gestión de Alberto Fernández se aplicaron sucesivos decretos de congelamiento que generaron un atraso histórico; una consultora privada estimó que el Estado dejó de percibir unos 4.800 millones de dólares bajo ese mecanismo. Al asumir Javier Milei, se propuso actualizarlo, pero se topó con una marcada retracción de las ventas en los surtidores y con el hecho de que la suba del impuesto alimenta de inmediato la inflación general», expuso Franchetti en comunicación con FM Vos 94.5.

«Hoy el atraso remanente del Impuesto a los Combustibles Líquidos (ICL) y al Dióxido de Carbono (IDC) se ubica en torno al 19% sobre el valor neto del producto. Si a ese 19% le sumamos el IVA, Ingresos Brutos y los esquemas donde se calculan impuestos sobre impuestos en el precio final al consumidor, la carga fiscal total ronda entre el 35% y el 40% del precio de cartel. Cuando el ciudadano se arrima al surtidor, tiene que saber que casi la mitad de lo que paga son impuestos. Es una discusión compleja porque el 30% de lo recaudado por este concepto va directo a la ANSES y el 11% se distribuye por coparticipación a las provincias. El actual gobierno nacional bajó algunos impuestos específicos de su órbita, pero en las provincias la realidad es heterogénea. Algunas administraciones son eficientes y reducen su presión, y otras no», agregó.

Sinceramiento de mercado y el nuevo paradigma de la estación de servicio

La devaluación, la eliminación de subsidios y el incremento en los costos operativos, fundamentalmente de la energía eléctrica, aceleraron un cambio de estrategia comercial en las bocas de expendio de la provincia. «La historia económica demuestra que cuando los gobiernos toquetean los precios y subsidian los combustibles, las inversiones desaparecen. Nos hemos fumado literalmente 15.000 millones de dólares por año en subsidios energéticos en el pasado, el equivalente a construir un Canal de Panamá por año. El resultado de esos precios ficticios es que no tenés cañerías, como le pasó a San Rafael durante tanto tiempo con las restricciones de gas, o se te corta la luz en el verano porque el sistema colapsa. El plan económico actual sinceró los valores y generó una lógica caída de ventas, pero también subyace la pregunta de si los volúmenes de venta que teníamos antes eran reales o artificiales, inflados por los consumidores de países limítrofes que cruzaban a cargar por centavos», planteó según su teoría el titular de AMENA.

«Hoy operamos en un mercado mucho más estrecho. Enfrentamos a un consumidor netamente analítico que saca el número fino, que va al surtidor los días específicos de promociones bancarias o que descarga las aplicaciones digitales de las petroleras para rasguñar un descuento. No es una época de bonanza; los presupuestos familiares están muy contenidos y las estaciones trabajamos con márgenes de rentabilidad sumamente chicos«, aseguró.

«Hoy el negocio dejó de centrarse exclusivamente en el surtidor: el valor está en cuidar al cliente, en ofrecer un baño impecable, un café de primera línea y una buena tienda de servicios. En una economía sin inflación ya no se perdonan los errores administrativos; la suba de la energía eléctrica nos obliga a controlar cada costo al centavo para sostener las estructuras abiertas», enfatizó al finalizar la charla.