Cómo (mal) resolvemos nuestras controversias

Vivimos en un país que tiene a una parte importante de sus habitantes dominados por la crispación, el enojo y hasta la violencia. A diario y en los más diversos ámbitos podemos vislumbrar como cualquier situación que suponga una contradicción de visiones, opiniones o valoraciones tiende a virar casi indefectiblemente hacia la descalificación, el agravio o, lo que es más preocupante, a la agresión física contra el otro.
Días atrás, en pleno centro de nuestra ciudad, un suceso que en la lógica no debería ir mucho más allá de un intercambio de opiniones o hasta una discusión, terminó con una pelea cuerpo a cuerpo en plena vía pública que incluyó varios golpes entre los protagonistas del entredicho.
De acuerdo a lo que relataron algunos testigos, la situación se planteó cuando un hombre (no importan aquí los datos particulares del hecho porque el mismo podría extrapolarse a cientos de situaciones similares que se producen a diario) estacionó su vehículo tapando el puente de una vivienda. Cuando el dueño del inmueble llegó al lugar, le reclamó al titular del vehiculo esa circunstancia, dando lugar a una airada discusión que terminó con los dos hombres peleándose a golpes de puño.
Como decíamos, los detalles y las explicaciones acerca de cómo se llegó a esa violenta definición no interesan -cada uno de los protagonistas presentó su versión del suceso- al menos en este análisis, que lo que busca es alertar acerca de cómo (mal) resolvemos nuestras controversias como conciudadanos.
Si una polémica tan ínfima como la mencionada nos lleva a la decisión de golpearnos pudiendo llegar a dañar a un vecino, nuestra realidad como conjunto social es harto preocupante.
Cuando los integrantes de una comunidad que pretende ser organizada comienzan a dejar de lado las instituciones que debieran regular sus relaciones para pasar a aplicar una “ley” propia y que se ajuste solo a sus conveniencias, la posibilidad de la anarquía y el peligro de una “ley de selva” se tornan peligrosamente probables.