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Con la vista en 2027 y un futuro inquietante

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El escenario político actual de la Argentina parece transcurrir en dos dimensiones paralelas que, tarde o temprano, están condenadas a colisionar. Si uno observa la fotografía del presente con un lente estrictamente técnico, los datos son abrumadores: la inmensa mayoría de los encuestadores coinciden en que el gobierno de Milei atraviesa su momento de mayor debilidad en términos de imagen positiva. Los efectos del ajuste han llegado a capas que antes eran impermeables, y hoy son vastos los sectores de la sociedad que admiten, con el bolsillo en la mano, estar peor que en el 2023.

La gestión parece cercada por frentes de conflicto que ella misma alimenta. Desde las peleas cotidianas con cualquiera que disienta, hasta las internas feroces que fracturan el bloque oficialista y espantan a una parte del electorado moderado. A esto se suma el desgaste ético: los presuntos hechos de corrupción han comenzado a perforar el relato de la «casta», con la figura de Manuel Adorni convertida en una insignia involuntaria de privilegios que el discurso libertario juró combatir. Con jubilados y discapacitados bajo el peso del ajuste y una inflación que, tras el impacto inicial, ha encontrado un piso difícil de perforar, el panorama debería ser, en teoría, el de un fin de ciclo prematuro.

Sin embargo —y aquí reside la gran paradoja política de nuestro tiempo—, si Milei decidiera hoy presentarse a la reelección, nadie en su sano juicio se animaría a vaticinar una derrota segura. ¿Cómo se explica que un gobierno con estos indicadores mantenga una competitividad electoral tan resiliente?

La respuesta no está en los aciertos propios, sino en la orfandad absoluta de la vereda de enfrente. La oposición atraviesa un momento de fragmentación y falta de liderazgo que roza la parálisis. El peronismo, todavía procesando el duelo de su derrota y sin figuras de recambio que logren entusiasmar más allá de su núcleo duro, no ha logrado articular una narrativa alternativa que resulte creíble. El miedo a la «vuelta del populismo» agitado por el oficialismo nacional sigue funcionando como un potente aglutinador de voluntades: hay una porción significativa de la sociedad -y en San Rafael se ve claramente- que, aunque admite estar sufriendo el presente, teme mucho más al “regreso de las fórmulas que nos trajeron hasta aquí”.

Existe un electorado que ha decidido que el dolor del ajuste es un precio pagable con tal de no ver el retorno de los rostros que asocia con la decadencia estructural del país. Milei ha logrado algo inédito: transformar el malestar económico en una suerte de «sacrificio necesario» frente a la amenaza de un pasado que, para muchos, es sinónimo de abismo. En definitiva, asistimos a un juego de espejos donde la debilidad de uno es la fortaleza del otro. Milei apuesta a que el recuerdo de los errores ajenos sea más fuerte que la realidad del hambre presente. Es una apuesta de riesgo extremo, porque la paciencia social tiene límites biológicos que ningún relato puede contener eternamente. La pregunta que queda flotando es si el miedo al pasado seguirá siendo suficiente para sostener un proyecto que, cada día más, parece alimentarse exclusivamente del conflicto y la división, mientras el país real espera una señal de alivio que no termina de llegar.

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