Crónica de un verano violento

Entre los hechos que acapararon la atención periodística nacional en este verano 2019-20 se destacan el salvaje ataque que terminó con la vida de Fernando Báez Sosa a la salida de un boliche en Villa Gesell y los casi 80 femicidios que se han registrado en nuestro país desde el primer día de este año.
Las violentas situaciones –más allá de las particularidades de cada uno de los casos– deberían llevarnos a reflexionar y, a partir de ello, podríamos trazar algunas líneas comunes que caracterizan a estas situaciones que evidencian cuán enferma está nuestra sociedad.
En el caso de la muerte de Báez Sosa, los análisis posteriores han destacado el vínculo entre violencia y consumo de alcohol entre los jóvenes, así como los mandatos culturales, sociales y hasta deportivos de masculinidad, violencia machista y relaciones de género que observan algunos grupos sociales, más allá de que no todos sus integrantes sean iguales. Obviamente, en el caso de los femicidios, estas últimas variables juegan de manera más profunda y dramática.
Mientras la sociedad es interpelada por estos debates, que ponen sobre la mesa de las discusiones la necesidad de promover un cambio cultural profundo que tienda a erradicar la prepotencia, el machismo y la violencia en nuestras relaciones interpersonales, las familias del chico muerto por la acción homicida de una patota y de las mujeres que a lo largo y ancho del país fueron asesinadas en el marco de relaciones con marcada violencia de género buscan respuestas para que se haga justicia.
Pero la sociedad debe ir un paso más allá: debemos sumar iniciativas de instituciones educativas, deportivas, culturales y de las familias para desalentar la violencia, enseñar el respeto por el otro y evitar que se repitan hechos tan lamentables. Lograr una comunidad más respetuosa, sana, pacífica y evolutiva es una tarea a la que todos debemos darnos, puesto que los eventuales beneficios también nos corresponderán.