Emular la gesta sanmartiniana —o al menos revivir, a escala turística, el camino que recorrió la columna del coronel Ramón Freire por el sur mendocino— dejó de ser una osadía reservada a unos pocos.
En los últimos veranos, el Cruce de los Andes a caballo se consolidó como una de las propuestas que más crece en la cordillera del sur provincial, con más agencias sumando salidas y una demanda que se incrementa temporada tras temporada.
La travesía combina historia, paisaje y aventura. Al igual que ocurre con la visita al “avión de los uruguayos”, el atractivo de internarse en escenarios cordilleranos cargados de relatos y épica se transformó en un producto turístico cada vez más buscado por quienes quieren vivir una experiencia intensa y distinta, lejos del circuito tradicional.

En promedio, el cruce se realiza en siete días, con jornadas de cabalgata, campamentos, fogones y noches bajo un cielo abierto que suele ser parte del encanto principal. Las salidas se organizan con guías expertos, caballos seleccionados para la exigencia del terreno y mulas cargueras, que trasladan equipamiento y provisiones para sostener la logística en plena montaña.
La temporada fuerte se concentra entre fines de diciembre y principios de marzo, cuando las condiciones climáticas permiten avanzar con mayor seguridad por los pasos cordilleranos. Los grupos suelen partir desde Los Molles, La Junta o Las Loicas, y avanzan por rutas de montaña hasta llegar al límite con Chile, en una postal que mezcla esfuerzo, silencio y paisajes imponentes.
Con propuestas que se multiplican y viajeros que repiten o recomiendan, el Cruce de los Andes a caballo por el sur mendocino se afirma como una de esas experiencias que no se cuentan: se viven.







