Cuando a la tragedia se le suma la irresponsabilidad

El caso de Kevin Disparti, un joven de 24 años que resultó atropellado el miércoles en avenida Pedro Vargas y cuya vida se esfumó en un instante, quizá sea para algunos nada más que un número más dentro de las terroríficas cifras que los argentinos, los mendocinos y los sanrafaelinos evidenciamos respecto a nuestra mala conducta vial.
Sin embargo, ese hecho –y otros que habitualmente ocurren- tuvo una característica distintiva por lo cruenta: quien embistió a Kevin al mando de un vehículo que aún por estas horas es buscado por la Justicia huyó del lugar sin prestarle auxilio.
Uno intenta saber qué pasó por la cabeza de ese conductor una vez que se dio cuenta que había atropellado a una persona. ¿Sintió miedo? ¿Fue ese temor el que lo llevó a huir? ¿Por qué no se entregó a las autoridades una vez que supo –porque seguramente lo supo– que mató a una persona?
Nadie está exento de sufrir un accidente en la vía pública, pero lo que no puede salir de nuestra esfera de decisiones es el asumir las responsabilidades ante su ocurrencia. En ese sentido, quien frente a una situación de crisis, como lo es un siniestro vial, huye abandonando a la víctima, no solamente demuestra una indolencia supina sino que –además– comete un delito agravado por esa circunstancia.
Dijo Cicerón: “Hay dos formas de injusticia, la primera se la encuentra en quienes dañan y la segunda en quienes no protegen a los dañados”.
Quienes pretendemos una convivencia armoniosa en una comunidad como la nuestra, venimos penando desde hace años ante el flagelo de los muertos y heridos que arroja el tránsito lugareño. Sin embargo, y más allá de las reiteradas recomendaciones y campañas oficiales, sólo una cosa queda clara: pocas medidas serán eficaces si cada uno de nosotros, a la hora de manejar, desprecia la vida de los demás y la propia. Si a ello le adosamos el hecho de no hacernos responsables de nuestras conductas, el resultado no será otro que seguir viviendo de tragedia en tragedia.