Cuando la anomia puede tornarse mortal

En 1893, el sociólogo y filósofo francés Émile Durkheim publicó su obra “La división del trabajo en la sociedad”. En ella, afirma que «un Estado sin normas hace inestables las relaciones del grupo, impidiendo así su cordial integración». A esa falta de normas y a la falta de respeto de las que existen por parte de los ciudadanos la llamó “anomia”. Asimismo, en su libro “El suicidio” estudia las causas y tipologías de esta conducta y encuentra que se caracteriza por una pérdida o supresión de valores (morales, religiosos, cívicos) junto con las sensaciones asociadas de la alienación y la indecisión. Y esta disminución de los valores conduce a la destrucción y la reducción del orden social: las leyes y normas no pueden garantizar una regulación social bien porque no existen o bien porque no son acatadas.
El estado actual de situación en nuestro país debido a la segunda ola de contagios de Covid-19 ha vuelto a mostrar de modo palmario –y muy riesgoso– la anomia que habita en muchos de nosotros. Está claro que muchas normas surgieron con la llegada de la amenaza del virus, pero otras ya estaban vigentes, y muchas (demasiadas) siguen siendo irrespetadas.
Quienes incumplen la normativa oficial y/o las recomendaciones de los especialistas médicos son el ejemplo más claro, ya que son ellos quienes –incumpliendo con la distancia social o no usando barbijo, por ejemplo– se juegan la vida y podrían estar jugando con la vida de los demás. Pero a ellos hay que sumarles a quienes intentan aprovechar miserablemente la circunstancia para sacar provechos económicos, quienes han abonado durante años la informalidad laboral que hoy se hace evidente y a quienes buscan sacar un provecho político de la coyuntura, entre otros.
La falta de valoración y apego a las normas lleva, indefectiblemente, a que nadie sepa qué esperar de los demás. Y eso es una herida mortal para la idea de sociedad, sobre todo cuando esa comunidad se encuentra en medio de una crisis fenomenal como la actual.