Cuando las controversias también son una epidemia

Quizás como resultado del particular estado psicológico que genera una pandemia –algo que prácticamente ninguno de nosotros había experimentado antes– o por los más de 70 días que ya llevamos de aislamiento obligatorio, lo cierto es que los ánimos de muchos integrantes de la sociedad argentina se han ido calentando respecto a varios tópicos relacionados con el coronavirus, en una nueva muestra de lo eternamente dicotómica que parece nuestra existencia.
Lo que en un primer momento se evidenciaba como la posibilidad de tener un temible enemigo en común que nos dispusiera a luchar contra él en forma conjunta, mancomunada, dejando de lado los intereses sectoriales, con el correr de los días ha ido diluyéndose.
Hoy, cualquier cosa que se diga respecto del casi exclusivo tema de discusión o charla que tenemos los argentinos, lleva a muchos integrantes de nuestra sociedad a adoptar el paradigma “o estás con mi posición o estás equivocado”. Desde las medidas que toman los Poderes Ejecutivos (nacional, provinciales o municipales) para intentar comandar la difícil coyuntura hasta el modo en que los propios ciudadanos nos comportamos para tratar de atravesar este difícil momento, todo sirve para la controversia, para la discusión, para la utilización sectorial –muchas veces política– de la pandemia, para la descalificación del otro. En este sentido, es la clase dirigente la que debería manejar sus expresiones con particular prudencia ya que, como se sabe, sus opiniones suelen tener un peso y una trascendencia social profunda y son seguidas y acatadas por mucha gente.
Por estos días debemos reafirmar el concepto de que a la pandemia le ganamos entre todos. Está claro que se puede debatir e intercambiar miradas acerca de cómo enfrentar este trance en el que, en definitiva, todos estamos involucrados. No obstante, generar crispación social, más malestar y divisiones sin sentido no solo no nos va ayudar sino que, preocupantemente, podría llevar a que la crisis sea aún peor.