¿De qué hablamos cuando hablamos de fracking?

La explotación de hidrocarburos no convencionales a través de la fractura hidráulica, más conocida como «fracking», ya tiene reglamentación en nuestra provincia. A comienzos de este mes, el decreto del Ejecutivo N° 248 detalló los procesos administrativos y futuros controles para la realización de esta técnica que nunca está exenta de controversias.
A partir de ese momento, la polémica comenzó a tomar calor y color y, por estos días, la discusión ya demuestra posiciones sumamente extremas. Así, tanto los que ponderan positivamente la técnica como los que la denostan han incrementado su intensidad a la hora de defender sus posturas.
Para los primeros –incluido el Gobierno de Cornejo- el fracking es una oportunidad única para la modificación de la matriz energética mendocina y, sobre todo, para la generación de recursos económicos provinciales. Para sus detractores, en tanto, la posibilidad de contaminación que supondrían esos trabajos es la principal objeción argumentativa para su férrea oposición.
En ambos bandos, la militancia de las posturas genera a diario expresiones que una parte importante de la sociedad observa un poco confundida y con la limitante, a veces inexpugnable, de la falta de información objetiva. Y es que más allá de los activistas en “pro» y en contra, el grueso de los mendocinos aún no tenemos certezas firmes respecto a –por caso- envergadura y ubicación de los emprendimientos, grado objetivo de afectación ambiental, beneficios económicos reales que la actividad generaría, entre otros.
Actividades igualmente polémicas, como la minería metalífera o la explotación de sustancias radioactivas, ya han deparado este tipo de debates y las respuestas generalmente no han establecido una conclusión que aúne objetividad, ecuanimidad y prudencia.
Quizás ese sea el objetivo a perseguir por quienes, a su turno, propugnan o desprecian un hecho social como ése y tantos otros que nos afectan como comunidad y que nos cuesta demasiado resolver.

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