De tibios y calientes…
“Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”. La frase de Jesús en el Apocalipsis ha sido ampliamente replicada en el análisis de muchas actitudes humanas. Nuestro país no es la excepción y en la Argentina moderna con mayor persistencia pareciera que los tibios son denostados, despreciados, vomitados por Dios, dejados en el camino.
En nuestra sociedad, cada día más polarizada, todo es blanco o negro, no hay punto medio ni de inflexión. Hoy, el argentino medio (y mucho más los militantes, de la causa que sea) defiende sus posturas sin amoldamientos ni matices. De esa forma, un negro no se puede aclarar un poco ni un blanco puede ser oscurecido.
Algunos analistas estiman que esa incapacidad de aceptar una postura distinta a la propia es una holgazanería intelectual. “La famosa grieta resulta un buen lugar para estar, una solución de facilidad. Si salieran, en una de esas tendrían que pensar”, sostienen.
Desde la psicología, los especialistas consideran que esa “forma de ser” tan argentina tiene que ver con “poder participar y pertenecer a un grupo como una forma de enfrentar el desamparo, la orfandad y las miserias que nos impone la coyuntura”.
Lo más pernicioso de esta perenne división es que esa lógica demasiadas veces toma características paranoicas, donde cada grupo queda cohesionado, unido por el odio y cuya existencia solo se explica frente a un enemigo a combatir. Y ello hace que el surgimiento de la violencia sea prácticamente inevitable.
Esta es nuestra realidad actual: un país dividido y violento donde muchos hablan de empatía, solidaridad y consensos pero donde casi nadie está dispuesto ni comprometido a practicarlos.
En ese caldo de cultivo ideal, los extremistas captan voluntades, aunque no siempre sus propuestas sean escuchadas. Sus seguidores los miran gritar y, como solo gritan igual que ellos, los siguen sin preocuparse por lo que gritan. El problema es que ese tipo de “calenturas”, que critican la tibieza, en general queman la idea democrática. Lo peor es cuando esos “calientes” dirigen las sociedades.