Las expectativas son las conjeturas que hacemos las personas respecto a lo que puede ocurrir en el futuro más o menos inmediato. Por ejemplo, podemos considerar que «este año las cosas estarán o no mejores», o que «podremos o no concretar tal o cual proyecto». Claramente, estas expectativas no tienen, en general, apoyo en la información estadística sino más bien en «corazonadas» o nuestra experiencia previa. En este sentido, los empresarios, que por lo general arriesgan cifras más elevadas que los consumidores individuales cuando van a realizar una inversión muy probablemente sean más cautos que aquellos, a la vez que -a diferencia de los consumidores- no necesariamente están «obligados» a efectuar desembolsos. Así, la inversión es más volátil que el consumo. Justamente, esta «volatilidad» de la inversión es la que explica -al menos en gran medida- los ciclos económicos. Cuando «las expectativas» son confusas o directamente negativas, especialmente para los empresarios, la inversión decae y su disminución implica también una menor capacidad en todo sentido de producción. Los números actuales de la macroeconomía nacional son tremendos: una inflación por encima del 20% mensual e ingresos del universo trabajador que no se arriman ni por lejos a esos incrementos derivan en una clara retracción del consumo, que se hace evidente en la caída estrepitosa que muestran algunos –la mayoría- rubros. Ver o no una mejora en esas condiciones será fundamental para el acompañamiento –o no- de la ciudadanía a las políticas implementadas por el mileísmo en materia económica. Y aquí, de nuevo, la cuestión de las expectativas. El “aguante” de la sociedad ante esta realidad, muchas veces acuciante, marcará radicalmente los próximos meses. Claro, en un momento esas expectativas serán confirmadas o desmentidas por los hechos, y allí entonces se verá el verdadero resultado de las medidas tomadas, más allá de los discursos y las posiciones sectoriales.




