Economía y populismo: un clásico argentino

Aún sin haberse implementado en la práctica (ello ocurrirá el próximo lunes), las medidas económicas lanzadas por el Gobierno nacional la semana pasada ya son objeto de más de una polémica. Las dudas acerca de su conveniencia, la posibilidad de cumplir efectivamente lo anunciado, su sostenibilidad en el tiempo y lo contradictorio de su espíritu respecto de la filosofía económica que hasta aquí mostraba el Ejecutivo nacional son algunas de las controversias que levantaron los anuncios.
Sin embargo, un punto pareció sobresalir en los análisis de los especialistas: el aparente “populismo” que pareciera subyacer tras dichas medidas. Propios y extraños de Cambiemos coinciden en que el “plan” anunciado días atrás para –según sus mentores- “contener la inflación y darle alivio a la población” no es más que un intento por mejorar el ácido humor social con vistas a las próximas elecciones.
Tal como dijéramos en este mismo espacio tiempo atrás, en la actualidad el término “populismo” conlleva, indefectiblemente, una carga peyorativa ya que se lo considera como el instrumento de dominación que utiliza el demagogo a modo de estrategia para conseguir el control político de la sociedad, usando las emociones del pueblo, sus esperanzas y, sobre todo, sus miedos y resentimientos.
Si se recurre a la Real Academia Española, la realidad es diferente: la palabra fue definida originalmente como la “doctrina política que pretende defender los intereses y aspiraciones del pueblo”. Asimismo, los últimos años han demostrado tal evolución en el uso del vocablo que la propia RAE lo consideró en 2016 como “palabra del año” debido a la ampliación y cambio de significado que experimenta.
El ciudadano medio, el que mira y sufre el picoteo discursivo y las pocas soluciones, pretende que aquella “defensa de los intereses y aspiraciones del pueblo” siga siendo prioritaria para nuestros dirigentes, más allá de las palabras y del lugar en que se paren frente al mentado populismo. No obstante, una cosa queda clara: la mayoría de nuestros dirigentes, más temprano que tarde, echan mano de él. Para bien y para mal.