Egoísmo

Padre José Ceschi

Hay una vieja anécdota que habla de un campesino egoísta. Le tocó en herencia un campo de arroz. Para su primera estación, el agua de regadío cubrió su campo y luego lo desbordó hacia el campo del vecino. Pero en la estación siguiente, pensando que lograría mejor cosecha, construyó una represa para que el agua no pasara del propio campo al del vecino. Resultado: el exceso de agua hizo que la cosecha entera se pudriera. Moraleja: el agua sólo es buena mientras corre. Miguel Requena lamenta en este verso: «Y la pobre agua recogida / de la lluvia del cielo generosa / tórnase putrefacta, corrompida / por la sucia vasija que la guarda».
Creo que todos nacemos egoístas. Forma parte de nuestro código genético. Apenas llegamos a este mundo, la ley de subsistencia nos impulsa a prendernos del pecho materno. Entonces es todo para nosotros. Imposible pensar en compartirlo. Luego será el turno de la mamadera, la comida, los caramelos, los juguetes…
Tienen que pasar algunos años para que un chico empiece a compartir. Es conocida la anécdota de la nena que trae a un amiguito a casa y le dice a la mamá: «Te presento a mi mejor amigo. Su papá vende helados en verano y churros con chocolate en invierno». Como podría decir Mafalda, los chicos son tan egoístas… que parecen mayores.
Egoísmo es una exageración del «ego», del yo. El amor propio está bien, dentro de ciertos límites. Cuando los desborda, entonces el normal amor propio se transforma en caricatura, exagerando sus rasgos.
El natural egoísmo puede ir dejando lugar a la también natural generosidad cuando un chico por la palabra y el ejemplo de los mayores, aprende a compartir con los demás lo poco mucho que posee. Lástima que después la vida nos atrapa y volvemos a ser como bebés, queriéndolo todo para nosotros. Con sus más y sus menos, se aplica lo escrito por Rodolfo Braceli: «A medida que nos hacemos adultos, nos vamos adulterando»… Pero siempre hay tiempo para revertir las cosas.

¡Hasta el domingo!