El cada vez más preocupante flagelo del hambre en Argentina

A fines de la semana pasada, el diario El País de España publicó un informe firmado por el periodista Jorge Galindo titulado “Por qué no se reduce (más) el hambre en Latinoamérica”, en el que se incluye a nuestro país –junto a Venezuela y Guatemala– en la categoría de “las nuevas caras de la desnutrición y la inseguridad alimentaria en Latinoamérica”.
Si bien Galindo considera que los indicadores argentinos son “mucho menos alarmantes” que los de otros países donde el hambre es una moneda preocupantemente corriente, admite igualmente que “resulta descorazonador que una de las naciones más ricas del hemisferio sur esté creando pobreza en lugar de destruirla”.
“La inflación carga de nuevo con buena parte de la culpa. El Gobierno de Mauricio Macri no logró embridar la crisis de deuda ni la subsiguiente escalada de precios en la que metió al país su antecesora, y ahora candidata a la vicepresidencia, Cristina Fernández. Alcanzó el 55,8% interanual en junio de 2019: los precios suben mes a mes en el país lo mismo que en Chile lo hacen año a año. Como resultado, las tasas de pobreza han dibujado una especie de U en la última década y media, descendiendo a un 16% de los hogares bajo el umbral en 2011 y remontando hasta casi el 26% el año pasado. La mordida de la desnutrición y la inseguridad alimentaria ha ido, sencillamente, en paralelo a un ciclo económico que nunca llegó a arreglarse. Al final, 2018 se cerró con 2.100.000 argentinos en situación de subalimentación mientras sus vecinos Chile o Uruguay reducían sus cifras”, reza el informe de Galindo respecto a nuestro país.
Tiempo atrás, otro medio internacional prestigioso, en este caso la BBC inglesa, afirmó que “el hambre en Argentina no se debe a escasez de alimentos, sino a falta de ingresos, distribución desigual de la riqueza o ausencia de generosidad”.
Dos llamados de atención respecto a un flagelo que hasta hace poco pensábamos lejano o, al menos, no tan extendido entre nosotros. Una campana que suena insoslayablemente, sobre todo para quienes conducen nuestros destinos como sociedad.