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El “caso Balogun”, el rubio patrón de estancia y los que nunca dejan de arrodillarse

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La reciente y escandalosa intervención de Donald Trump ante la FIFA para eximir de culpa y cargo al delantero de la selección estadounidense Folarin Balogun en pleno Mundial 2026, no parece ser un simple exabrupto de la pasión deportiva. Es, por el contrario, la enésima puesta en escena de una matriz de conducta global: la permanente, desembozada y naturalizada intromisión del mandatario norteamericano en organizaciones internacionales, instituciones arbitrales y en la soberanía misma de otras naciones, siempre con el único objetivo de saciar sus intereses personales y domésticos.

El verdadero drama de esta época no radica solamente en la prepotencia del inquilino de la Casa Blanca, sino en la alarmante docilidad de una dirigencia global que ha decidido declinar sus responsabilidades para rendirle pleitesía. El caso Balogun expone esta llaga con nitidez: el atacante de la selección de Estados Unidos había sido expulsado con roja directa en el partido de dieciseisavos de final frente a Bosnia y Herzegovina por una dura infracción, lo que conllevaba una suspensión automática. Sin embargo, tras un llamado telefónico directo de Trump a Gianni Infantino, el Comité Disciplinario de la entidad pateó el tablero de los reglamentos y dejó sin efecto la sanción para que la figura local pueda disputar los octavos de final contra Bélgica. El patético intento de Infantino por disfrazar la presión política de «institucionalidad» o de «autonomía de los tribunales» es el reflejo exacto de lo que ocurre en el plano de la política internacional, donde presidentes y primeros ministros de diversas latitudes se someten voluntariamente al rol de satélites o delegados de Washington, asumiendo una obediencia debida que humilla a los pueblos que representan.

En esa estrategia de dominación, Trump hace jugar de manera sistemática un componente psicológico devastador: el miedo. Domina por asfixia y luego se presenta como el único redentor posible. Su lógica es la del patrón de estancia que disciplina a través de la amenaza del desamparo económico o institucional, para luego exhibir su supuesta magnanimidad. Lo vivimos en carne propia los argentinos durante el proceso electoral de medio término en 2025, cuando el mandatario estadounidense justificó el salvavidas financiero y político otorgado al gobierno de Javier Milei con una frase lapidaria que desnudó el desprecio con el que nos mira: «Los tengo que salvar porque se están muriendo».

Bajo este esquema, el miedo opera como el perfecto mecanismo de sometimiento, un eslabón que encierra sabidurías ancestrales sobre el control humano: el temor es el camino que inevitablemente conduce a la frustración, y esta a su vez degenera en la ira y el sufrimiento colectivo. Al infundir y administrar ese espanto, el poder central anula la libertad ajena; quien tiene miedo no es libre, sino que se halla esclavizado e incapaz de materializar su propia voluntad. La insatisfacción personal y la cobardía institucional de los gobernantes que ceden ante estas presiones se convierten en el germen de conductas dañinas para sus propios pueblos. Como enseñaba Aristóteles, la verdadera valentía no radica en la temeridad irresponsable ni en la cobardía sumisa, sino en el justo medio de saber domeñar los temores y enfrentarlos. Sin embargo, la dirigencia actual prefiere la comodidad de la capitulación antes que la audacia de transitar y superar el miedo para alcanzar una verdadera soberanía.

De cara al panorama local, es muy probable que esta alianza de subordinación se profundice en el corto plazo. Con vistas a los comicios presidenciales de 2027, todo indica que Milei acordará nuevamente con Trump para volver a agitar de forma conjunta el fantasma del pasado, infundiendo el temor a un regreso a los viejos malos tiempos económicos y sociales. Se trata de una estrategia de manipulación psicológica que busca paralizar al electorado mediante el espanto, intentando ocultar una realidad inocultable: que el presente bajo este modelo de sujeción demuestra ser marcadamente peor que aquello que se pretende evitar.

Esa cruda sentencia de la Casa Blanca sintetiza el estado de las cosas. La ayuda del imperio nunca es gratis ni nace de la solidaridad; es un mecanismo de sujeción que exige, a cambio de la supervivencia, la entrega de la dignidad y la renuncia a cualquier vestigio de autonomía. El sometimiento al dogma del más fuerte nos coloca en una posición de absoluta vulnerabilidad, donde las reglas del juego —ya sean las leyes del comercio internacional, los acuerdos diplomáticos o el reglamento de una Copa del Mundo— dejan de tener un valor universal y se transforman en plastilina maleable según las urgencias electorales o los caprichos del poder central, que nunca sacia su sed y hambre de más poder. Los placeres nobles y las verdaderas oportunidades institucionales se encuentran siempre tras los caminos angostos del temor; encarar y superar esos condicionamientos es el camino exclusivo hacia la libertad y el bienestar de los pueblos.

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