El caso Fortunato y la enseñanza de la prudencia

Para los grandes filósofos, fundamentalmente los Griegos, la prudencia era la más elevada de las virtudes. De hecho, la llamaban “ciencia y sabiduría”, “alma y mente del mundo”, y la entendían como el discernimiento entre el bien y el mal que deben llevar a cabo los hombres maduros y experimentados.
En su “Ética a Nicómaco”, Aristóteles llama prudencia al juicio correcto acerca de la consecución de los fines mediante la deliberación, que permite escoger los medios apropiados para conseguir la felicidad. Ni más ni menos…
La muerte de Genaro Fortunato y todo lo ocurrido posteriormente en relación a ella pueden ser para muchos de nosotros motivos de aprendizaje acerca de esa virtud tan fundamental como poco practicada.
La tragedia siempre condiciona los análisis, pero es necesario hacerlos, más allá del dolor que genera la injusta muerte de un chico de 25 años en circunstancias como las que rodearon su deceso.
Para los congéneres de Genaro y de Julieta Silva (la mujer acusada de provocar la muerte del deportista) el prudente mensaje acerca de los peligros extremos que pueden derivar de una “simple discusión de pareja” –si es que en este caso se comprueba que se dio-, del consumo de alcohol u otras sustancias para que la noche “sea más divertida”, y de la conducción de un vehículo con todo lo que ello implica.
Para el Poder Judicial y todos sus integrantes o colaboradores la idea de prudencia es básica, no solo para arribar a una sentencia justa sino para desarrollar correctamente el proceso que lleva a la misma respetando tiempos y formas.
Para los medios de comunicación, el objetivo a perseguir es la de transmitir prudentemente y sin morbosidad un caso que ya de por si contiene demasiado dolor.
Y para nuestra sociedad en su conjunto, el desafío es la prudencia de no prejuzgar, de no condenar privadamente y solo en base a nuestras emociones, pero esperando y exigiendo que la Justicia –que es falible- cumpla su tarea de dar a cada uno lo suyo.