El coronavirus y una lección ecológica para aprender

A medida que la pandemia de coronavirus se esparce por el mundo, las imágenes se repiten: fábricas cerradas, rutas vacías, calles desérticas, menor consumo en general… El parate brusco de las actividades humanas a raíz de esta enfermedad, que ya ha adquirido características globales e históricas, pareciera tener, paradójicamente, un gran beneficiado: el medio ambiente. El descenso de la cantidad de desplazamientos en vehículos a motor, la disminución de la producción industrial y el consecuente consumo se traducen en menos contaminación, aguas más limpias y cielos más claros. Desde China hasta Venecia, Barcelona o Madrid, estos serían algunos de los efectos secundarios positivos de la crisis sanitaria que hoy intenta atravesar el mundo.
A pesar de algunas ideas contrapuestas y divergentes sobre determinados datos, los científicos de todo el mundo concluyen en una realidad que es ineludible: los ecosistemas que componen la Tierra están en gran riesgo, y la probabilidad de que haya un punto de inflexión es cierta.
Según el último informe del panel internacional de expertos en biodiversidad y servicios ecosistémicos de la ONU, IPBES, nos encontramos frente a una pérdida de biodiversidad mundial sin precedentes debido principalmente al impacto humano que, como ha quedado evidenciado en estas semanas, es esencial.
Es importante entender que vivamos donde vivamos, todos dependemos de la naturaleza y sus ecosistemas para obtener comida, agua, aires limpios, buena salud, bienestar mental, así como sentimiento de identidad y comunidad. Todo eso está ahora en riesgo. Por eso, ahora más que nunca se debe asumir el compromiso de cuidar el ambiente y la biodiversidad. Se debe actuar sin demoras para asegurar la supervivencia no solo de la humanidad, sino también de los hábitats naturales y de las criaturas que viven en ellos.
Por estos días, la naturaleza parece querer recuperar el espacio perdido.