El denominado lenguaje inclusivo, costumbres y formalismos

El director de la Real Academia Española (RAE), Santiago Muñoz Machado, dijo la semana pasada que esa institución “tomará nota” de la utilización del denominado lenguaje inclusivo en los países de habla hispana y puso a la Argentina como ejemplo de ese fenómeno. “No somos nosotros los que tenemos que impulsar que se hable así, sino el pueblo el que tiene que hablar así, y nosotros entonces tomaremos nota” para, eventualmente, aceptar giros lingüísticos tales como nosotres o todes, consideró el directivo.
“Hay algunas naciones hispanoamericanas en que ese problema se ve con más intensidad que en España, como Argentina”, afirmó Muñoz Manchado, agregando que las formas del denominado lenguaje inclusivo serán tenidas en cuenta cuando “estén en el uso y empiecen a utilizarse por una mayoría”.
En nuestro país, la controversia transita habitualmente por los caminos de la discusión política partidaria. Desde el “todos y todas” que enunció hace tiempo la expresidenta y actual vice, Cristina Fernández, hasta el “todes” más reciente, quienes se alinean en un bando y otro del bipolar escenario político aceptan o no casi de forma directamente proporcional, y salvo escasas excepciones, el lenguaje que algunos llaman inclusivo.
Vale considerar que la lengua es un hecho dinámico, que se renueva todo el tiempo. De hecho, no es difícil verificar que nuestra habla de hoy no se parece en nada a la del siglo XIX o, incluso, a la del siglo XX.
Los especialistas admiten y afirman que los idiomas van haciéndose y modificándose cotidianamente, y que contra el uso que las personas hacen del código que utilizan para comunicarse, hay poco para hacer. Si –coincidiendo con Muñoz Manchado y la RAE– una parte mayoritaria de la población argentina (solo por poner un ejemplo) adoptara las formas del que denominan lenguaje inclusivo, no habría manera de que las formalidades académicas ganaran la pulseada. Esa definición depara lo que ya todos los actores vinculados al tema toman como clave: en las cuestiones que dependen principalmente de los usos y las costumbres (el idioma es quizás la más evidente), son solo sus practicantes quienes imponen las normas.

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