El Día de la Tierra y algunas enseñanzas a internalizar
Hoy se conmemora el Día Internacional de la Tierra, y más allá de que en Latinoamérica el 1° de agosto sea tradicionalmente la jornada de homenaje a nuestra Pachamama, siempre parece ser un buen momento para recordar y formar conciencia acerca de las acciones y las amenazas que asolan a nuestro planeta y cómo podemos revertir esa tendencia.
Días atrás, en este mismo espacio destacábamos cómo el parate brusco de las actividades humanas a raíz de la pandemia de Covid-19 había tenido, paradójicamente, como gran beneficiario al medio ambiente y cómo el descenso de la cantidad de desplazamientos en vehículos a motores de explosión, la disminución de la producción industrial a gran escala y el consecuente consumo se traducían en menos contaminación, aguas más limpias y cielos más claros a lo largo y ancho del planeta.
En la última etapa de la historia humana, la quema de combustibles fósiles y la deforestación se han incrementado a tasas astronómicas para satisfacer la insaciable demanda de recursos de la sociedad de consumo global y, principalmente, para enriquecer a parte del 1% más rico del planeta: desde 1990 se destruyeron más de 129 millones de hectáreas de bosques —una superficie casi equivalente a la de Sudáfrica— y la actividad humana llevó a una concentración elevada de dióxido de carbono como nunca antes en la historia, lo que obviamente ha provocado una crisis ambiental. Así, la Tierra ya no tiene tanto de “casa” como de “generadora de recursos”.
Hoy el mundo se muestra particularmente “sanado” con solo un mes de actividad humana reducida, pero debemos saber que en algún momento volveremos a la realidad pre-coronavirus y los ecosistemas mundiales volverán a estar en peligro por nuestras casi suicidas conductas. Quizás en algunos años el Día de la Tierra no sea utilizado para tomar conciencia sobre el daño ambiental, sino para celebrar los cambios logrados. El mejor regalo que podemos hacerle al planeta es no ser indiferentes.