La reciente presencia de Joan Manuel Serrat en Mendoza, con motivo de su distinción como Doctor Honoris Causa por la Universidad Nacional de Cuyo, ha dejado mucho más que una postal de afecto melancólico. Sus palabras funcionaron como un espejo incómodo para una realidad provincial y nacional que atraviesa una crisis de valores y de sustento. El cantautor catalán no se limitó a los agradecimientos de rigor; por el contrario, trazó una línea ética clara: la democracia no es un concepto abstracto, sino la realización efectiva de los derechos y la libertad.
Ese llamado a no naturalizar la injusticia resuena con una fuerza particular en San Rafael, en un momento donde la vitivinicultura —corazón de nuestra identidad productiva— enfrenta una de sus crisis más agudas. Mientras se ensayan discursos de eficiencia macroeconómica, el pequeño y mediano productor vitivinícola observa cómo el fruto de su trabajo se licua en una cadena de valor que lo castiga sistemáticamente. Lo sabe hasta Serrat.
La «libertad» de la que habló el catalán se vuelve una quimera para quien no tiene garantizado el precio justo por su uva o para quien ve cómo el abandono de las fincas se convierte en el paisaje habitual de nuestros distritos. Sin justicia económica en el campo, la democracia es, como advirtió el poeta, un sistema incompleto.
En su discurso, Serrat también puso el cuerpo en defensa de la educación pública, instando a que las instituciones académicas no sean tratadas como un negocio, sino como el motor de devolución de conocimiento a la sociedad. En tiempos donde el financiamiento universitario y la inversión en ciencia se ven atacadas por un ajuste inflexible de las políticas nacionales, el recordatorio del español es un imperativo moral. La educación pública ha sido, históricamente, el único vehículo de ascenso social en la Argentina; desfinanciarla no es una decisión contable, es una amputación del futuro.
Finalmente, el artista alertó sobre la fascinación contemporánea por los liderazgos totalitarios, esos que emergen cuando las instituciones fallan en dar respuestas. Esta crítica al autoritarismo, disfrazado hoy de mesianismo mediático, interpela directamente a una dirigencia que parece haber olvidado que la política es, ante todo, diálogo y construcción colectiva.
La visita de Serrat nos obliga a reflexionar sobre qué estamos haciendo con nuestra democracia y con nuestra tierra. Si permitimos que el surco muera por indiferencia y que las aulas se vacíen por desprecio, habremos fallado en la tarea de cuidar esa libertad que tanto nos costó conseguir. Mendoza, y San Rafael en particular, deben recoger el guante de este mensaje: defender la universidad y el trabajo digno en la viña es, en última instancia, defender la dignidad de ser pueblo.







