El escándalo de la pobreza

En este espacio nos hemos referido muchas veces a la pobreza, tanto a nivel global como en nuestro país. Esta semana, el INDEC publicó los guarismos en la materia y, nuevamente, resultaron harto preocupantes: a nivel país, un 27,3% de la población estuvo debajo de la línea de pobreza durante el primer semestre de 2018, mientras que un 4,9% no logró cubrir sus necesidades básicas, entrando así en la indigencia. Otro dato genera más inquietud aún: en el último año calendario, 750 mil personas más se volvieron pobres.
En Mendoza, en tanto, la situación no es mejor y, de hecho, el porcentaje de pobres e indigentes es mayor (27,9%) que en el promedio nacional. Concretamente, casi 300 mil comprovincianos se encuentran hoy por hoy en esa penosa situación.
La publicación de este tipo de cifras supone, habitualmente, la generación de algunos fenómenos muy argentinos. En primer término, la mayoría de los que nos encontramos fuera (por ahora) de esas categorías nos mostramos angustiados al conocer el flagelo, pero al poco tiempo lo soslayamos. Por otra parte, de uno y otro lado de la “grieta” política nacional se endilgan culpas respecto a la responsabilidad de haber arribado a este estado de situación. Eso sí, de soluciones y compromiso muy poco.
En nuestro país, lograr la declamada “pobreza cero” es una pelea que parece perdida. Y es que más allá de ciertos mitos discursivos, Argentina no es un país rico. En esto hay una clara razón: la riqueza no está justamente distribuida. En Argentina hay gente rica, pero ello no significa que seamos un país con abundancia de riquezas y mucho menos que ellas sean para todos. Cambiar esa matriz no sólo insumirá años, sino también la adopción de medidas que, muchas veces, los gobernantes (actuales y pasados) no han podido o no han querido implementar.
“Lo más escandaloso que tiene el escándalo es que uno se acostumbra”, decía Simone de Beauvoir. Ojalá no sea ese el destino de la pobreza nacional y, sobre todo, de quienes deben combatirla.