El etnocentrismo y los consensos
La semana pasada, durante un seminario de Comunicación Política que se llevó a cabo en la ciudad de Cipolleti, Río Negro, el politólogo e investigador Mario Riorda abordó una cuestión sobre la que mucho se habla y poco se hace en la sociedad civil y en la clase dirigente: los consensos. «Casi siempre cuando se avanza sobre consensos, en general la retórica política trabaja sobre el qué, es decir, sobre la temática que debiera ser acordada antes de ponerse a discutir; cuando gran parte de la teoría política dice que mientras se discute básicamente el qué, el principal elemento que bloquea, es decir, el que produce disenso en los acuerdos no es el qué, es el cómo se discute».
«Por lo tanto, cuando nos ponemos a pensar cómo diseñamos el futuro, en realidad el obstáculo es cómo voy a discutir el diseño del futuro. Las formas para llegar al consenso son tan importantes como los temas del consenso. Es más, hay veces que son más importantes todavía. Las grandes transformaciones acarrean transacciones y negociaciones. Cuando son impuestas sin ceder, si luego ese gobierno pierde se vuelve a cero», consideró Riorda en la oportunidad.
Es probable que las figuras más encumbradas de nuestros partidos políticos tengan dificultad para abandonar cierto etnocentrismo que, al parecer, predomina en esos espacios de participación. Esa tendencia a pensar la sociedad, el país y el mundo únicamente desde su propia perspectiva es lo que lleva inevitablemente a acercarse al diálogo desde una relación de superioridad. Mirar todo desde arriba, desde el mundo propio, es algo que ocurre en todos los sectores.
Hay quienes aseguran que esa tendencia a colocar al grupo cultural o social de pertenencia en un centro imaginario del mundo es más frecuente de lo que se piensa y que ello es fatal para la concreción de los mentados consensos o acuerdos. Nadie respeta a alguien que considera inferior.
El país necesita consensos básicos. No se trata aquí de negar la existencia del conflicto como algo inherente a la vida en democracia, pero no sería mala idea comenzar a dejar atrás los discursos agresivos, de mirarse el ombligo propio y, en lugar de eso, apostar más al diálogo y a la construcción de los acuerdos básicos que la mayoría de la ciudadanía reclama.